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viernes, 6 de septiembre de 2013

Frente al mostrador



_Me dijeron que hay que sacar número, señorita, pero no veo ninguno.
_Es que damos sólo quince por día, ya no hay más.
_¿Tan pocos?
_¿Pocos? ¡Son muchísimos! Antes dábamos diez. Pero la gente se ponía muy mal y de arriba nos llegó la orden de repartir cinco más.
_¿Y entonces qué hago? ¿Vuelvo mañana?
_Si puede... pero venga bien temprano, a ver si le pasa lo mismo que hoy.
_¿A qué hora tengo que venir?
_Eso lo sabe usted. Cuanto antes mejor. Le recomiendo que no deje pasar más tiempo.
_Pero ¿cómo sé que si vengo mañana tendré mi número?
_De la misma manera que sabe que mañana estará viva.
_Pero eso no lo sé...
_Por eso.

Diálogo escuchado al azar, frente al mostrador de la oficina de los deseos extraviados.

Victoria Branca


martes, 10 de julio de 2012

El padre Alberto


Ya no recuerda cuál fue el momento exacto en que decidió abandonarlo todo. Su casa paterna, el club, el fútbol de los miércoles, las caricias de una mujer...  Sólo sabe, y ésto lo recuerda bien, que fue aquél libro, que ahora descansa en un estante alto de la biblioteca, el que le hizo trastabillar la existencia. Un libro de Cronin. Un relato pacífico y austero de esa vida que el quería vivir a pleno.
Si el reino tiene una puerta de acceso es claro que debe tener, también, un par de llaves para abrirla. Y él dedicaría las horas de cada jornada a orar en silencio para ser merecedor de esas llaves.
La renuncia se sostiene si hay una razón fuerte y unas motivaciones claras, se dijo, mientras ingresaba por la puerta del costado del seminario. Cargaba sólo un bolso de cuero gastado. Las pocas pertenencias que llevaba no superaban los veinte artículos, entre camisas de manga corta, un suéter de cashmere bordeaux, pares de medias tres cuartos, un pijama inglés, una bufanda que le había tejido una de sus hermanas, su biblia, un estuche de gamuza que oficiaba de neccesaire, su radio portátil, tres calzoncillos tipo boxer, unas zapatillas viejas, un jogging azul marino y ése, el libro que le permitiría pasar una larga temporada en el cielo.
Acató cada una de las reglas impartidas por su obispo. Se integró al grupo de jóvenes que, como él, prefirieron desposar a Cristo y no a una mujer.
Oró. Ayunó. Confesó sus faltas. Hizo penitencia. Añoró...
Los años se volvieron rutinarios y mecánicos. Misas apenas despuntaba el alba. Lectura de pasajes bíblicos para adornar sus sermones. Confesiones, ya no de sus pecados, sino de los que le confesaban con remordimiento los demás. Los fieles temerosos del castigo divino.
El entusiasmo de los primeros años bajó en intensidad. Ahora se trataba de un compromiso asumido. De ser capaz de responder a una elección libre animada por el espíritu.
Las cenas dejaron de ser frugales. Él también podía degustar un buen vino. Una pizza de pepperoni. Unas pastas aglio e ólio. Una buena película de moda.
Las añoranzas se convirtieron en deseos urgentes. El silencio dejó de ser el preludio de la palabra sabia y certera. Se transformó en otra cosa.
Ya estaba grande, ¿cómo iba a seguir profesando una fe tan infantil? El suyo era un trabajo como cualquier otro. Con metas, objetivos, estrategias, negociaciones. Como cualquier mortal.
Ante la propuesta, no dudó. El reino, se dijo, puede esperar.


Victoria Branca 


martes, 6 de marzo de 2012

Vincent















Tal vez defina más a una persona lo que no se sabe de ella que lo que se cree conocer.
Vincent es un pintor genial. Es, digo, porque su arte lo hizo trascender los límites de la muerte y el castigo del olvido.
Muchos se jactan de conocer en profundidad sus obras, su estilo, su gran talento, pero pocos llegaron a conocer el corazón de aquél joven tímido que solía perderse en medio del campo buscando bichos y observando los árboles en detalle.
En aquellas escapadas del hogar paterno hacia el refugio silencioso que le ofrendaba la naturaleza, Vincent fue preparándose, sin saberlo tal vez, para plasmar en lienzos y telas todo ese mundo interior que lo embargaba.
Dejó su Holanda natal para trabajar en anticuarios de Londres y París.
A las mujeres de la aristocracia parisina le desagradan su torpeza y rusticidad. Era un inadaptado.
Las cartas que se escribiera con su hermano Théo muestran al pintor escritor. Al hombre reservado y melancólico, abrumado muchas veces por la angustia, que encuentra en la hoja en blanco (prima cercana del lienzo inmaculado) una compuerta para salir por un rato del cautiverio.
La introversión suele caer en un rango menor que el que ocupa con todo su peso la popular extroversión. Se es más exitoso y rico moviéndose hacia afuera, girando en las órbitas donde se codean poderosos e influyentes. Donde se dice lo que hay que decir y se murmura por detrás. A espaldas de los buenos modales y los apretones de manos correctos.
Vincent era un incomprendido. Un inadaptado social. Un ser oscuro y angustiado.
Era...
Hoy es un pintor genial que vale millones. Que cotiza en bolsa y viaja en primera clase. Que adorna paredes de terciopelo y duerme en palacios. Que vende libros, películas, oasis y souvenirs.
Vincent no ha muerto.
Sólo murió su versión interior.

Victoria Branca

jueves, 24 de noviembre de 2011

La Jueza Judy


















La llamaremos Judy, por nombrarla de alguna manera elegante.
Es jueza de la corte suprema.
Ocupa su lugar con todo su peso. El que le confiere su rango, el que le otorga su jerarquía.
La jueza Judy ejerce su profesión sin descanso.
Sin miramientos.
A veces, sin piedad.
En todo fallo busca ser objetiva e imparcial pero, ¿se puede ser objetivo e imparcial siendo plenamente humano?
La jueza Judy se cree infalible.
Y así dicta sus fallos.
Con absoluta superioridad. Ella no comete errores.
Su mirada es implacable.
Su gesto adusto.
Sus palabras escasas y precisas.
Su delicadeza, por desgracia, inexistente.
La jueza Judy duerme sola, no cree en el amor ni en la cercanía.
No le importa herir sentimientos, ¿qué es eso?
La debilidad es el adversario a superar.
Con determinación y a fuerza de voluntad.
Al pertenecer al tribunal superior la jueza Judy se cree superior.
A todo y a todos.
Mira desde arriba.
Saluda desde lejos.
Evita el contacto directo.
Utiliza emisarios, intermediarios y chivos expiatorios.
La jueza Judy vive, desde hace años, en mi casa.
La estoy por desalojar.
Aunque a ella le digo, mirándola a los ojos, que ya es tiempo de que se jubile.

Victoria Branca

martes, 8 de noviembre de 2011

Mi canillita
















Todas las mañanas, antes de las 7.30, recibo el diario en la puerta de mi casa.
Llueva, haya paro de transporte, huelga de hambre, erupciones volcánicas, tempestades, exabruptos, pereza o desasosiego, el diario llega prolijo y nuevo hasta mis manos.
Espero con ansias ese ritual en el que, junto a una taza grande de café con leche y un par de tostadas, me dispongo a auscultar el pulso del mundo.
Mis mañanas empiezan así, leyéndole el rostro a este mundo a través de sus sombras, sus destellos de lucidez, sus torpezas y sus logros. Y por más que quiera encontrar más noticias luminosas y menos de las oscuras, leo entrelineas y armo mis propias columnas.
Daniel es el canillita de mi barrio. Aquél que se levanta quién sabe a qué hora de la madrugada para acomodar las secciones de los diarios, agruparlas por calle y meterlas dentro de la caja de su bicicleta para hacer el reparto.
Todas las mañanas, sin excepción, baja pedaleando por mi calle y se arrima hasta mi puerta para que yo pueda cumplir con mi ritual.
A veces lo veo, escondido debajo de un inmenso poncho de plástico negro evitando el acoso de la lluvia, o abrigado con campera, gorro y bufanda para hacerle frente a las heladas en pleno invierno. Apareciendo sigilosamente de entre la bruma oscura cuando aún no amanece, montado en ese corcel de ruedas finitas y metal oxidado.
En verano usa una gorra gastada que le amortigua los latigazos del sol. Y así pedalea, le guste o no, lo quiera o no, se sienta bien o no, para que todos los vecinos recibamos nuestro diario. 364 días al año. Ni uno menos.
Y el 7 de Noviembre descansa. Ese día no ordena, ni apila, ni acomoda nada. Porque es su día. El del canillita.
Me pregunto qué hará con toda esa mañana libre por delante.

Victoria Branca

lunes, 26 de septiembre de 2011

Shakespeare también hacía las compras













No hay que pensar que por hacer diligencias cotidianas uno es menos original y creativo que los artistas. Los poetas también se lavan los dientes. Los pintores se duchan y transpiran. Y Shakespeare, el genial, también hacía las compras.
Su lista no es para nada vegetariana, tan en auge en este borde de la existencia, e incluye lengua de vaca y aves.
La lista sigue con algunas verduras, masa de tarta y algo cuyo significado no pienso ir a buscar al diccionario a esta hora de la mañana.
Y se completa con, ¡Oh sí! aquello que me lleva de regreso al aura romántica y magnífica del genial escritor: velas.
Artículo que jamás debe faltar en el hogar. Al menos en el mío.
Velas para iluminar zonas oscuras y escurridizas. Velas para acompañar una cena de amor. Velas para estar en el amor...
Y como curiosidad hay un remedio de un tal Dr. Smythes que es para hacer crecer el pelo. Parece que la inspiración, al gran William, le arrancaba de un tirón parte de la cabellera.

martes, 13 de septiembre de 2011

Desde cierta perspectiva














Las cosas se ven mejor desde cierta perspectiva.
Los pensamientos se disponen en otro orden.
Los problemas se achican cuando uno los mira desde cierta distancia.
Y aparecen soluciones en el aire, que antes no estaban.
El parloteo mental incesante baja el volumen cuando uno se detiene y mira hacia atrás.
Desde el lugar de avistaje de mi propia vida me observo.
Voy apurada. Oprimida por asuntos que no son importantes.
Me olvido de las cosas que importan.
Me quedo varada en complicaciones inventadas.
Tropiezo con manías viejas y heridas que creía sanadas.
Voy a tientas.
Cumpliendo rutinas y sorteando imprevistos.
¿Esa vida es mía? le pregunto a un benteveo que se posó en la baranda.
Así parece, me contesta.
Y se va volando.
Libre.
Despreocupado.
Sostenido por el aire que lo rodea.
Sólo estira las alas y se deja guiar...

Victoria Branca

lunes, 15 de agosto de 2011

Maite y María



















Mi amiga María es madre de cuatro hijos. Por momentos hace de remisera ad honorem y por otros de estricta ama de casa. A María le encanta cocinar y cada vez que puede organiza almuerzos y cenas donde despliega todo su talento culinario. Cocina como los dioses y, en secreto, sueña con tener su propio restaurante. Yo la imagino probando recetas en la trastienda de una trattoria o en una mezcla de taberna griega y barcito gourmet. Y la veo sonriendo con su delantal de chef contándole a los comensales qué ingrediente secreto le puso a la salsa y donde se consiguen esos arándonos jugosos.
Mi amiga Maite es brasilera. Y lleva el ritmo de la samba y la sal de la diosa Yemanyá adherida a su piel. Canta y baila, pero lo de ella es pintar. En cada cuadro que crea deja el alma. Y sus heridas. Y sus anhelos. Y el resultado es una obra llena de vida, intensa y en constante transformación.
De Maite me gusta que es auténtica y que no le importa el qué dirán. Y que es valiente. Y apasionada.
Yo escribo. Toco la guitarra. Y canto. Pero a la música la tengo algo abandonada. O tal vez sea yo la que se abandone, a veces, y eche a dormir los talentos en los camastros del deber. Pero eso no es culpa de nadie. Es la vida misma, que por momentos se torna monotemática y entonces se diluyen el entusiasmo y las ganas. O tal vez sea el clima, con sus cenizas persistentes y el tono grisáceo con que intenta plasmar la foto del día.
Pero las canciones se dan cita en mi corazón y me tararean por dentro. Entonces, veo como mis dedos tamborilean sobre el escritorio y mi boca comienza a canturrear esos versos que tanto me gustan. Y la guitarra se sienta en mi falda y me pide que la toque. Sin prolegómenos. Sin precalentamiento. Que toque sus cuerdas y la rodee con mis brazos. Sólo eso.

Victoria Branca

miércoles, 10 de agosto de 2011

El cuadrito













Este era el cuadrito que estaba en la pared de mi cuarto cuando yo era chica. El mismo que custodiaba respetuosamente mis sueños e ideas alocadas. El que me observaba sin juicios. El que velaba por mi descanso y no se irritaba con mis ocurrencias. El que me devolvía siempre la misma imagen, sin adulteraciones. El que acompañaba mi llanto y festejaba mis carcajadas. El que se mantenía en pie cuando yo vacilaba. El que me esperaba con sus vivos colores cuando yo creía desdibujarme. El que no emitía crítica ni me instaba a vanagloriarme. El que permanecía quieto y sereno, aún en medio de las tormentas.
Cuando me sentía abrumada por el sólo hecho de tener que crecer y hacerme responsable, solía mirar esa ventana abierta y su cortina flameando y pensaba que nada podía ser tan grave, si, total, afuera había un sol bueno y dispuesto a guiarme y ráfagas de viento que traían buenas nuevas.
Yo era la hermana mayor en mi familia y, sin embargo, me sentía la menor en la imagen. La que siempre podía contar con esa protección invisible que nos está destinada por el audaz hecho de existir.
Y esa silla, roja, rojísima, era una invitación desenfadada a sentarme y plasmar en palabras mi universo interior. Y a garabatear mis anhelos. Y a deletrear bien clarito mis deseos. Y a escribir sin miedo el nombre amado...
El barril verde de la esquina... uy, lo que está oculto. Lo que no debe ser abierto antes de tiempo. Secretos. Encantamientos. Lo prohibido.
El gatito blanco era un buen augurio. La promesa de que todo iría bien. Y que yo saldría airosa de las tempestades de mi vida.
Hoy mi querido cuadrito custodia a otra dueña. Tan necesitada como yo, en ese entonces, de encontrar un refugio donde sentirse a salvo.

Victoria Branca

viernes, 29 de julio de 2011

Ese sencillo festín de los sentidos
















Cuando vivía en Paris, en un departamento de 52 metros cuadrados, no hacía las compras semanalmente. ¿El motivo? Mi heladera era una de esas que están en las habitaciones de los hoteles de muchas estrellas. Las de los tentadores frigo bar. Pequeñita y poco cabedora. Por lo que debía hacer las compras cada dos o tres días y no estoquear.
Ese asunto me llevó a visitar asiduamente los mercados al aire libre. Los puestos de la calle que ofrecen verduras, frutas, quesos y carnes exhibidos "al fresco". Y me enamoré de esa manera antigua y pueblerina de hacer las compras.
Iba con el cochecito de mi hija mayor, y con ella adentro iba metiendo la bolsita de los duraznos y las peras, la de los tomates y zanahorias, el paquete de quesos y nueces, y alguna que otra delicattessen dulce para coronar ese sencillo festín de los sentidos.
Los años pasaron. Los hijos crecieron y se multiplicaron. El destino me devolvió a la querida Buenos Aires y sucumbí a los super, hiper, gigantes mercados cerrados y en cadena.
Extraño esos paseos a la Rue de Levis, los puestos, los olores entremezclados, la diversidad de personas y sus changuitos, el ritmo lento de elegir las manzanas de a una y las nueces de a puñados.
Por eso, cada vez que puedo me hago una escapada al Delta, al Puerto de Frutos, donde a pesar de que los frutos escasean mientras se multiplican los objetos de decoración, el paseo mantiene el encanto de los antiguos mercados.
Y siempre vuelvo de esa pequeña escapada con mi bolsita de nueces pecan, las mandarinas más jugosas y los tomates más rojos y sabrosos.

martes, 19 de julio de 2011

El Sr. Tumnus y yo


















En este día frío y gris tengo ganas de abrir el ropero de mi abuelo, escabullirme entre sus abrigos y sobretodos y abrirme paso hacia el bosque nevado. Ponerme los auriculares de la foto y mientras escucho Fire & Rain, de James Taylor, encaminarme hacia la cabaña del Sr. Tumnus. Allí tomaremos un chocolate caliente mientras me contará que el mundo real no es éste, en el que yo vivo engañada desde hace años, sino aquél, el de Narnia. El de las brujas blancas y los faunos amistosos. El de los niños valientes y llenos de ideales. El del león que sólo ataca para proteger el reino de la amenaza mortífera de los descreídos. El de las aves que custodian los sueños. El de los roedores que mantienen el suelo fértil y el de las arañas que tejen historias de amor.
Nos sentaremos junto a la chimenea y hablaremos con el corazón abierto y el fuego encendido. Y él dirá que no, que la lluvia fría, destemplada y caprichosa no es capaz de apagar la llama del amor.

Victoria Branca

jueves, 2 de junio de 2011

La tía Nélida


















A la tía Nélida le gustaba rezar el rosario. Lo hacía más de una vez por día, a la vista de todos, moviendo los dedos en forma nerviosa mientras repetía en un susurro molesto las oraciones.
La tía era más flaca que Olivia, la de Popeye, pero no tan alta. Se vestía de negro, de azul o de marrón. Los demás colores eran para ella un escándalo.
Era viuda. Hacía más de veinte años que su marido, un gordo que disfrutaba de los excesos sin restricciones, había muerto de un paro cardíaco. Ella nunca volvió a querer a nadie.
Vivía sola en un departamento chiquito y austero. Su heladera parecía una huerta refrigerada. Es que la tía no te comía carnes ni lácteos ni que le pagaras por ello. Seguía una dieta estrictamente vegetariana y frutífera. Eso sí, los cereales eran primordiales en su alimentación desbalanceada y una vez, en que mi madre decidió dejarla en nuestra casa haciendo de niñera mientras ella se iba de viaje, descubrí que la tía, además de rezar frenéticamente y alimentarse de manera estrambótica, era una pesada.
Un día secuestró el vinagre y lo usó para enjuagarse los pelos grises que la coronaban. Otro día se llevó sin permiso mis revistas y recortó lo que era de su exclusivo interés. Y otro, me obligó a ir a comprarle semillas y panes orgánicos a una panadería que quedaba en el mismísimo traste del universo.
La tía se consideraba fervientemente buena. Y generosa. Pero no lo era.
Rezar monotemáticamente no le calmaba los nervios ni la convertía en una señora dulce y pacífica. Y ante el menor problema la tía mostraba los dientes como una perra rabiosa y te mandaba de un grito a la cama.
Mi hermano y yo nos confabulábamos para escapar airosos de su custodia. Inventábamos salidas a lo de amigos o paseábamos al perro por más de una hora. A ella no le importaba demasiado. Se tiraba en el sillón del living a leer detrás de esos anteojos achinados con cadenita dorada que le daban un aire de intelectual distante.
Así la quería yo, distante. Bien lejos de mi anatomía espiritual. Porque su presencia enervaba hasta a las plantas, que no regó ni un día durante el tiempo que mi mamá estuvo ausente, por más que se lo había pedido de manera especial.
La tía era hermana de mi abuela materna. Mi abuela murió hace 29 años. Al igual que la tía Pilar, el tío Pepe y otros tíos que no frecuenté tanto.
Pero la tía Nélida sigue viva. En el mismo departamento. Comiendo las mismas verduras. Y los mismos panes. Sola. Solísima. Como todo aquél que se pasa la vida construyéndose un destino inevitable.

Victoria Branca

jueves, 7 de abril de 2011

Mi Abuelo



















Mi abuelo fue soltero hasta los cincuenta años. Era hijo de españoles y hermano de dos mujeres, Luisa y Maruca.
Conoció a mi abuela cuando ella era viuda y ya tenía tres hijos. Contra todos los pronósticos, se casaron: Lolita, que así le decían a mi abuela Dolores, y Carlos, el solterón.
No tuvieron más hijos, tal vez porque mi abuelo era de carácter difícil y ser padrastro de tres hijos ajenos le resultaba, además de incómodo, hostil. Por eso, quizás, se fueron de luna de miel casi tres meses, y los hermanos quedaron al cuidado de los abuelos maternos, que siempre estaban prontos y listos para suplir carencias y alimentar vacíos.
Mi abuelo trabajaba en una fábrica de envases de soda. Tenía un depósito en Pompeya y una oficina en la calle Santa Fé. Hasta allí me acercaba para jugar a la secretaria y robarle por un rato el escritorio a la asistente de mi abuelo, que me miraba con el ceño fruncido mientras yo revolvía cajones y escribía cartas apócrifas en la máquina de escribir.
Muchos mediodías, cuando yo estudiaba en la facultad de filosofía, nos encontrábamos a almorzar en un restaurant español que quedaba a dos cuadras de la oficina. Él pedía pescado y yo pastas.
Seis meses antes de casarme me fui a vivir a su casa. Mudé mi mesa de luz, mi acolchado con flores, mis libros y mi guitarra y me instalé con él. Mientras hojeaba la revista Novias, él me contaba anécdotas de sus viajes. Había viajado por medio planeta, pero lo que más le gustaba era ir a Madrid a ver las corridas de toros. Iba todos los años, en Mayo. Y cuando volvía me traía unos caramelos de leche de esos que te extirpan los dientes en cámara lenta.
Después de que nació mi primera hija, volví de Boston para visitarlo. Luego me mudé a París y nos dejamos de ver por un año y medio. Hasta que un día, de sopresa, se tomó un avión via Madrid y fue a verme. A las pocas horas de llegar se le hinchó un pie. Tenía la piel violácea y las venas carnosas. Lo llevé en un taxi a la guardia del hospital y después de hacerle una serie de estudios me dijeron que tenía les arteres bouchées. No lo entendí la primera vez. La segunda sí, y me asusté. Tenía las arterias tapadas y había que operarlo de urgencia. El viaje en avión, tantas horas sentado, sus problemas circulatorios, sus ganas de darme una linda sorpresa, no, no habían sido un buen combo.
Lo operaron al día siguiente, una vez que American Express (que no es tan express para esos asuntos) autorizara los gastos de internación. Estuvo en el hospital una semana. Y yo acompañándolo con culpa y estupor.
Volvió a Buenos Aires más viejito. Vivió casi un año más. Y una mañana, una neumonía tirana se lo llevó.
Aun conservo la mesa de comedor, de madera lustrada, que fue su regalo de casamiento. Es demasiado clásica y formal para mi gusto actual, pero aún no logro desprenderme de ella.

Victoria Branca

martes, 1 de marzo de 2011

Silvia
















La portera del edificio donde viví en Paris se llamaba Silvia. Con acento en la a. Era petisa y gorda. Hablaba en francés pero ella no era francesa, era de Portugal. Y arrastraba las eses y las ces como si fueran zetas, pero no eran zetas, sonaban, más bien, como el zumbido molesto y persistente de las abejas. Pero Silvia no era dulce, sólo gorda.
Yo estaba recién mudada y tenía una beba de seis meses y como Silvia, además de sus hijos grandes tenía una hija apenas más grande que la mía, se me acercaba a hablar cada vez que me veía entrar al edificio.
Silvia barría la vereda y recibía la correspondencia. Fumaba mucho. Lo sé porque además de verla en vivo, apoyada sobre la baranda de hierro del balcón de la portería que daba a la calle en la planta baja, podía oler el humo del cigarrillo en los sobres que llegaban a mi puerta. Eran cartas que venían desde Buenos aires.
Silvia le planchaba la ropa a Madamme Asté, que vivía en el segundo piso. Era viuda y durante muchos años había sido profesora de literatura. Y yo la adopté, a Madamme Asté, como a una abuela. Y la invité a pasar la navidad con nosotros.
Y a tomar el té. Y a conversar de libros y de la vida. Y ella me invitó al teatro, a ver una obra de Molière. Y a tomar un aperitivo en el lobby de un hotel cerca del Parc Monceau.
Y un día me regaló un libro que ahora está en la biblioteca de mi comedor. Es de Victor Hugo. Y no dejo que nadie lo saque de ahí.
No creo que Silvia leyera libros. Al menos no de esos que estaban en los estantes de Madamme Asté. Y si lo hacía, intuyo que olerían feo, como los cigarrillos.
El año pasado fui a visitar a Madamme Asté. Ya no se arregla como antes, anda casi todo el día en una robe de chambre y sale de su casa sólo para ir al médico. Por momentos pierde la noción del tiempo y se pone a decir incoherencias, pero luego recupera la lucidez de siempre y me habla de política, y de arte, y me cuenta anécdotas de Salíes de Béarn en el pais vasco, donde ella se refugió con su familia durante la guerra.
"Elle n'est pas bien", me dijo con su particular acento, Silvia, la portera, que sigue custodiando el edificio con su cigarrillo como si el tiempo sólo hubiese pasado para los demás.

Victoria Branca

miércoles, 20 de octubre de 2010

Un gato de angora grande y viejo













Walt Whitman murió el 26 de Marzo de 1892, en la casa que había comprado menos de diez años antes en Camden, New Jersey; tenía el aspecto de un rey del Antiguo Testamento o, como escribió Edmund Gosse, de "un gato de angora grande y viejo". Whitman aprendió a leer en una escuela cuáquera de Brooklyn, gracias a lo que en aquel entonces se conocía como "método lancasteriano" (por el cuáquero inglés Joseph Lancaster). Un único maestro, ayudado por niños monitores, se hacía cargo de clases de unos cien alumnos, diez en cada mesa. A los más pequeños, sin distinción de sexo, se les daba clase en el sótano; cuando eran mayores las niñas aprendían en la planta baja y los varones en el piso superior.
Uno de los maestros de Whitman comentó que le parecía "un buen muchacho, torpe y de aspecto descuidado, pero común a los otros en todo lo demás".
Dejó la escuela a los once años y empezó a trabajar en las oficinas del abogado James B. Clark a quien aquél muchacho le cayó tan bien que lo suscribió a una biblioteca ambulante. Eso, dijo Whitman más tarde, "fue un acontecimiento decisivo en mi vida de aquella época".
De la biblioteca sacó y leyó "Las Mil y una noches" entre otros.
"Durante los veranos me marchaba al campo o a las costas de Long Island, y allí, bajo la influencia del aire libre, fui leyendo de cabo a rabo el Antiguo y el Nuevo testamento y asimilé a Shakespeare, Osián, Homero, Esquilo, Sófocles, los antiguos poemas hindués y a Dante. Desde entonces me he preguntado por qué no me abrumaron aquellos poderosos maestros. Probablemente porque los leí en plena presencia de la Naturaleza, bajo el sol, ante extensos paisajes y panoramas o cerca del agitado mar".

Extractado de
Una Historia de la Lectura,
de Alberto Manguel

jueves, 22 de julio de 2010

In Memoriam













En abril de este año se cumplieron 100 años de la muerte de Samuel Longhorne Clemens, más conocido como Mark Twain.
Para conmemorar la fecha o, más bien, su talento, se exhibió al público, por primera vez, el manuscrito "A family Sketch". Allí, el autor habla con inmenso cariño y profundo dolor acerca de su hija Susy, fallecida a los 24 años a causa de una meningitis.
Olivia Susan Clemens era el nombre completo de su hija, la mayor, que fue su musa inspiradora.
"Susy era un abanico de emociones, estaba llena de vida, de energía, llena de fuego. Era intensa. Brillaba con su propia luz".
El documento inédito, de 64 páginas, salió a la venta en una subasta organizada por Sotheby´s. Alguien cobija, ahora, el dolor hecho palabras de un padre que ha perdido a su hija.
Cuando Susy tenía 13 años,encendida, tal vez, por ese fuego que la consumía y la hacía brillar, escribió una pequeña biografía acerca de su padre: "Papa: an intimate biography of Mark Twain".
La musa inspirada, a su vez, por su padre. El padre, devastado por un viento feroz que apagó de un soplido cruel la luz de su vida.
Quizás, algo más de ese abanico de emociones y dolores se devele a partir del 2011, cuando salgan a la venta los 3 tomos que se preparan por estos días en la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos.
Llamada "Mark Twain Project", la misión se propone agrupar organizadamente los manuscritos y papeles personales de Samuel Longhorne Clemens para hacer de ellos su autobiografía.
Habrá que esperar, entonces. Y tal vez ese fuego vuelva a encenderse sobre el papel.

martes, 6 de abril de 2010

El retorno del Grial















La historia del grial es maravillosa.
Comienza con la figura heroica de Perceval, que vive en un bosque junto a su madre.
Ésta, después que su marido y su hijo mayor dan la vida en combates como caballeros del rey, decide apartar a Perceval de ese mundo saturado de conflictos y de guerras.
Transcurren así años tranquilos hasta que, un día, el destino quiere que el jóven se cruce con tres caballeros perdidos en el bosque.
Al verlos, siente una gran conmoción, se precipita hacia ellos y dice, con inocencia: -¡Ustedes deben ser ángeles!
Lo que Perceval ha visto es la imagen de lo que Jung conceptualiza como el arquetipo innato: cuando se está en presencia de aquello que uno está llamado a ser, se produce un enamoramiento.
Uno ve en el objeto, en ese otro -que puede ser un gurú, un hombre o una mujer- cualidades que , en rigor, están dentro de uno, aunque encarnadas en el otro.
Nuestros ideales se proyectan entonces en otra persona que se convierte, en consecuencia, en la promesa de un nuevo sentido y de una nueva vida.
Perceval, tras el encuentro, decide dejar el bosque y seguir a los caballeros. Tanta prisa tiene por partir que se olvida de despedirse de su madre. No llega a ver cómo la jóven viuda, al conocer la noticia, sucumbe en la puerta de su casa.
Este abrupto fin es un hecho muy simbólico: en el momento mismo en que Perceval sale al mundo, concluye su relación como hijo.
Muchas veces cuando soñamos con la muerte de alguien, ello no significa que dicha persona se vaya a morir realmente, sino que se ha cerrado el ciclo de la influencia que ejercía en nosotros.

Jean Shinoda Bolen,
doctora en medicina y analista Junguiana.
Extractado de una entrevista que le hiciera
Soledad Constantini para El hilo de Ariadna.

viernes, 5 de marzo de 2010

Yo confío


















Una maestra de primaria estaba dando una clase de dibujo a un grupo de niños de seis años de edad. Al fondo del aula se sentaba una niña que no solía prestar demasiada atención; pero en la clase de dibujo sí lo hacía.
Durante más de veinte minutos la niña permaneció sentada ante una hoja de papel, completamente absorta en lo que estaba haciendo.
A la maestra aquello le pareció fascinante.
Al final le preguntó qué estaba dibujando. Sin levantar la vista, la niña contestó:
"Estoy dibujando a Dios".
Sorprendida, la maestra dijo:
"Pero nadie sabe qué aspecto tiene Dios".
La niña respondió:
"Lo sabrán enseguida".

Así comienza el libro de Ken Robinson,
"El Elemento, descubrir tu pasión lo cambia todo",
que acaba de ser editado en castellano
.

martes, 23 de febrero de 2010

Anima Mundi


















Durante mis primeras peregrinaciones al Himalaya, hace treinta años, un sadhu me dijo una frase que en aquél tiempo me pareció desconcertante: "Si puedes comprender el alma de una mujer, conocerás el mundo y lo que hay detrás del mundo".
Ésta frase parecía a un tiempo banal y enigmática.
El arquetipo del anima mundi se ha perpetuado en las tradiciones esotéricas de Occidente desde la Antigüedad y, en cierto sentido, tenemos una conciencia inconfesada de la relación íntima de la mujer con la naturaleza del mundo. Pero había algo más en las palabras pronunciadas por aquel santo de mirada fija y penetrante, coronada por una espesa mata de cabello rojizo y vestido con una sencilla túnica remendada y descolorida; había una verdad que se emboscaba tras la aparente verdad de las palabras, sin duda ese "algo" que mistariosamente se ocultaba tras el mundo y que arraigó en mi conciencia de modo indeleble.
Gracias a la magia de aquellas palabras simples y fecundantes me habitó un intenso estado poético, una íntima poesía del ser.
La percepción del mundo era un acto poético. El descubrimiento de ritmos y de la melodía que atraviesa los fenómenos aparecía como una realidad al margen de todas las realidades parciales.
La poesía no era una sucesión de rimas, sino más bien una condición del alma que penetra en la naturaleza de todas las cosas para descubrir en ellas la vibración íntima de su interioridad, la música esencial que realza su forma y su sentido.
Más tarde me daría cuenta de que no existe verdadera filosofía, ni verdadera religión, sin poesía, es decir, sin eros conciente. Y lo femenino es lo que concede su poesía a la espiritualidad, al márgen del origen que tenga.

Extractado de una entrevista a
Jean Letschert,
artista, filósofo y escritor

lunes, 24 de agosto de 2009

Homenaje a Elisabeth Kübler Ross


















Hoy se cumplen cinco años desde la muerte de Elisabeth.
A mí me gusta más recordar a la gente que murió en el día de su cumpleaños, pero hoy hago una excepción a mi regla y le dedico este post.
Elisabeth era trilliza.
Hija de estrictos padres suizos alemanes, siempre sintió que no tenía identidad propia. Y que tendría que ganársela de alguna manera.
A los siete años casi muere de una neumonía.
A los nueve ya sabía que iba a ser médica.
A los dieciocho abandona su hogar, luego de una fuerte discusión con su padre, que se oponía a que estudiara medicina.
Se va sola a recorrer los campos de concentración de Polonia (Maidanek). La segunda guerra recién había terminado.
Allí entra en las barracas y, para su sorpresa, descubre que en las paredes había mariposas dibujadas por todos lados. No entenderá su significado hasta muchos años después.
Mientras estudiaba medicina en Zürich, vivía en una pequeña buhardilla en un barrio cercano al lago y trabajaba en un laboratorio para sustentarse.
Durante el último año de carrera conoce al americano Emanuel Ross.
Se casan y parten juntos a New York para hacer la residencia.
Elisabeth se gradúa como psiquiatra y comienza a trabajar con aquellos que "tampoco tenían identidad". Esquizofrénicos, ciegos, niños difíciles...
Hasta que descubre la soledad y el aislamiento de aquellos pacientes al final del pasillo de los que casi nadie se ocupa: los enfermos terminales.
A partir de allí no los abandonará más.
Luego vendrán los seminarios. La nota que la hizo famosa en la revista Life.
Los libros. Los talleres. Los hijos.
Y también las pérdidas. Los exilios. La separación. El rechazo.

"Valió la pena", me dijo cuando fui a visitarla a su casa de Scottsdale, Arizona, en Agosto del 2001. "Y volvería a hacerlo todo igual".
Almorzamos y pasamos el resto de la tarde juntas. Ella, tendida en su cama (tenía el lado izquierdo del cuerpo paralizado luego de un ACV) y yo sentada en una silla a su lado.
Hablamos de tantas cosas...
Pero hay una que recuerdo con mayor intensidad y no pienso olvidar nunca.
Cuando le pedí que me diera un consejo, antes de irme a tomar el avión de regreso a Buenos Aires, me dijo poniéndose una mano en el corazón:
"Tenés que confiar en todo lo que viene de acá. Si lo sentís verdadero desde allí, lo es. Seguí siempre lo que esto te diga."
Nos despedimos con un beso y un abrazo.
Y yo me fui volando, como una mariposa.

Victoria Branca

PD: A Elisabeth le encantaban las mariposas y también los atrapasueños.
No podía haber encontrado una foto mejor. Salvo la de un ET, que también le encantaba.
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