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jueves, 18 de diciembre de 2014
Lo que digo cuando callo...
Estoy perezoza para escribir. Huidiza. O tal vez lenta de palabras. No es que no tenga nada que decir, siempre hay algo para decir, tal vez sea que mis pensamientos se evaporan antes de que lleguen a aterrizar en un texto. O en tierra firme, como las gotas de lluvia que caen meteorizadas desde los cúmulos que aguantan y contienen hasta que ya no pueden más.
Yo no quiero aguantar. Sí contener. La contención es necesaria. Me gusta saberme continente de sentimientos, de ideas, de deseos, y también de palabras. No creo que las palabras quieran salirse pronto de su vaina protectora. De su recipiente contenedor y cobijante. Me gusta que mis palabras se queden ahuecadas ahí, en lo secreto, en el hueco manso del corazón de los asuntos. Y que una vez nutridas, serenas, puras, expresen su verdad sin retoques ni resabios.
Uno es dueño de sus palabras cuando éstas maceran en el fuego lento y pausado de la mansedumbre. Y en el lecho tranquilo del pensamiento corporal. Porque si sólo se piensa con la cabeza, las palabras salen frías y a destiempo. Esas pueden irse pródigas a despilfarrarse en otros reinos. Yo deseo, ahora, que las palabras que nazcan de mis entrañas sean las otras. Las mansas. Las pausadas. Las cocidas en un barro caliente y lleno de humanidad.
Victoria Branca
lunes, 7 de julio de 2014
Las mil y una Estaciones
Me perdí la llegada del Invierno. Siempre estoy atenta a la fecha en que cambian las estaciones. Y las celebro. Pero este año, no me di cuenta. O, tal vez, hice otras cuentas y el día exacto en que comenzaba la estación del frío resultó menos relevante para mí que otras cosas. O personas. O vivencias....
El asunto es que recordé que estábamos en Invierno veintipico de días después. Y el olvido o distracción no me importó demasiado. Se ve que estaba distraída en asuntos que me importan más. "No estás distraída, estás concentrada en la vida que te puebla"... diría canturreando mi versión interior del genial Facundo Cabral.
¡Qué lindo sentir por momentos a la vida que nos puebla, que nos habita, que encuentra tierra firme y extensa donde desplegarse! Lindo saberse parte de algo mayor, pero parte importante que "aunque ínfima, si no estuviese se notaría" como aludía la Gran Teresa en su discurso ante la solemnidad de los premios Nóbeles.
Es un delicado arte ubicarse en el lugar que a cada uno le corresponde. No querer pisar tierra ajena salvo que uno sea invitado, ni pisar en puntas de pie el territorio que a cada uno le es propio en todo su derecho. Ser y Estar presente en el propio terruño. Ocupar un espacio con presencia y sin prepotencia. Asumir la ubicación y el límite. Pero expandir las propias alas y sobrevolar la tierra en dirección a los sueños. Ser hombre pero ser pájaro. Ser mujer pero ser hada. Ser adultos pero siendo niños. Ser responsables e irreverentes. Austeros y exhuberantes. Firmes pero tiernos. Y, sobretodo, estar despiertos. A los dones. Los propios y los ajenos. A las risas. Al corazón herido. Propio y ajeno. A los encuentros del Alma. A los que un día no estarán. A los que están. A la amistad. Al amor.. Eso sí que no quiero perdérmelo.
Victoria Branca
sábado, 3 de mayo de 2014
En lo profundo del corazón
Hay un lugar escondido en lo más profundo de mí del cual muchas veces ni yo misma soy consciente. Un lugar a resguardo, a la sombra de las voces incandescentes y los atropellos del mundo. Un espacio pequeño y sagrado que no admite pisotones ni gritos. Un hueco hondo e infinito que permanece suspendido en un silencio lleno de voz y vacío de mí. El refugio al que quiero llegar cuando me alejo de mi verdadero ser y me alienan las ilusiones y vanidades de un mundo que gira precipitadamente fuera de su eje.
Hay un lugar ínfimo y enorme que sabe más que yo misma. Que me contiene y me insufla aliento de vida. Que me espera siempre aunque yo vacile, dude, tema y desconfíe. Un espacio pequeño y sagrado. Íntimo. Perfecto.
No siempre llego hasta allí de la misma manera ni por un único camino. Muchas veces olvido las coordenadas. No poseo claves ni códigos de acceso. Mis huellas se borran y no hay miguitas de pan ni flechas que me señalen el rumbo. Pero, de alguna manera, algo me devuelve a ese sitio cuando lo necesito. Una canción. Una palabra. Un recuerdo vivo. Una mirada certera. Un idioma secreto. El contacto mágico con la persona adecuada. Una lágrima. O dos, o más...
Victoria Branca
viernes, 14 de febrero de 2014
Del Amor y otras conjugaciones
Todavía no sé si el amor es un sustantivo o un verbo. Si es la causa, el efecto, la consecuencia o la razón de vivir. Si de verdad está en todas partes y es todo lo que necesitamos o si se puede vivir tranquilamente sin esa cosita loca llamada amor.
El inconsciente colectivo esta superpoblado de frases que aluden a este sentimiento. ¿El amor es un sentimiento? ¿O es justamente la experiencia del amor lo que pone de manifiesto una serie de expresiones sentimentales?
"Ama y haz lo que quieras", dice San Agustín, y lanza una piedra candente al ojo mismo de la tormenta existencial. Pero es justamente a causa del amor que los seres humanos terminamos no siendo dueños de nuestra voluntad y haciendo, no lo que queremos, sino lo que podemos. El amor no es garantía de cordura ni del ejercicio sostenido de la voluntad. Para unos es justamente lo contrario: por amor se puede perder la razón (por no decir la cabeza), el rumbo, la reputación. Cuando el amor irrumpe puede desatar las mayores catástrofes naturales y dejarlo a uno tumbado por el camino junto a las columnas y estructuras más firmes hechas, luego de su paso, añicos.
No, el amor no es como te lo cuentan en las fábulas y libros infantiles. Tampoco como lo embadurnan las sagas románticas. Todo eso es puro cuento. Cuando el amor te atraviesa (algo de verdad hay en eso de Cupido y sus flechas) te hace cautivo y prisionero, ¿o te libera, en verdad, de antiguas cárceles y celdas autoimpuestas?
¿El amor es un estado? ¿Un estrato? ¿Un sustento? ¿Un hechizo? ¿Un don?
¿Qué somos capaces de hacer en nombre del amor? ¿O es el mismo amor que hace cosas en nosotros a las que no podemos darle nombre?
¿Somos nosotros sujetos capaces de amar o es el amor el que nos hace sujetos amables y amantes?
Las raíces etimológicas de las palabras alumbran, a veces, la penumbra en que nos mantiene la incomprensión, pero en el caso del amor nubla aún más el entendimiento. Dicen los eruditos que proviene de la raíz amma que nos vincula al amor de madre y que no se acentúa en la o sino en la a. (como si el cambio de acentuación pudiera quitarle intensidad al misterio...) Pero a mi me gusta la explicación que dice que amor viene de a-mor: a (sin) mor (muerte). El amor es lo opuesto a la muerte. Quien ama está vivo. Lo mismo que un corazón amoroso y amante que late con vigor y sostiene la vida. El amor es la conjugación por excelencia de la vida, porque, cuando el amor sucede, todo a mi alrededor es capaz de ser amado. El prójimo. El que está lejos. El que se fue. El que llegó. E, incluso y sobretodo, uno mismo.
Victoria Branca
lunes, 9 de diciembre de 2013
El maravilloso mundo de las Interpretaciones
Dejarse conocer, en intimidad, implica coraje. Requiere confianza. Abrirle la propia historia con sus heridas y sinsabores a otro es un acto de fe. Porque no sabemos, de antemano, de qué manera recorrerá las vetas y surcos de nuestra existencia. ¿Sabrá adentrarse con delicadeza en el territorio frágil y vulnerable de un corazón humano? ¿O, por el contrario, se asentará con prepotencia en la tierra húmeda y pisoteará las flores del jardín?
Abrirse para mostrarle el paisaje interior a quien intenta conocernos nos pone en un lugar inseguro. Deponer las defensas, quitarnos las máscaras, bajar la guardia... todo ello nos hace sentir la inminencia del peligro. Ya no estamos armados, todo lo contrario. Y ese "desarme" es el que permite que la propia esencia exhale su perfume hacia el exterior. Si no, es sólo un concentrado encerrado en un frasco que nadie percibe.
El primer paso para ser conocido, aprehendido, captado por alguien, es dejarse conocer. Y el segundo, que no necesariamente se desprende del primero, es que ese otro pueda aprehendernos, captarnos, conocernos de verdad. Pero esto, lamentablemente, no siempre sucede. No es una ecuación matemática.
Muchas veces invitamos a que otro entre en nuestra casa, le abrimos puertas, ventanas, le convidamos una porción de nuestra historia, pero el otro se aparece con su propia canasta de picnic llena de cosas ya preparadas y se apura a comerse lo que trajo sin siquiera mirarnos. Y el fallido diálogo se transforma en una traducción simultánea y desconectada de nuestro idioma. Una interpretación errónea y alejada del propio corazón que no necesita intérpretes para ejecutar sus latidos. Y luego de ese des encuentro sobreviene la pregunta inevitable: ¿Conviene que vuelva a hacer esto?
A nosotros, los hombres y mujeres que habitamos suelo humano, nos encanta interpretar. Vivimos en el maravilloso mundo de las interpretaciones. Creemos saber, mejor que el otro, qué es lo que a éste o aquél le duele, le importa, le falta, le sobra... llenamos las pausas como si fuesen casilleros, los silencios como si fuesen abismos.
Es que mientras siga el parloteo incesante, no habrá que vérselas con alguna incómoda verdad. Y mientras evitemos sostener la mirada, no habrá que sumergirse en aguas profundas. Lo profundo suele ser oscuro. Húmedo. Incierto. Mejor quedarse en la superficie. Donde nadan de a muchos. Donde el agua se ve más clara y los pies no se hunden. Aunque el corazón, ese que acuna y custodia el propio ser, lata, invariablemente, en las profundidades.
Victoria Branca
martes, 26 de noviembre de 2013
Una lección pésimamente aprendida
Durante mucho tiempo compré la idea de que ser fuerte era equivalente a mostrarse invulnerable. Y que ser vulnerado (por ofensas, por acción, por omisión e, incluso, por amor) era un desembarco directo al mar de las desgracias. Para sobrevivir en el mundo de los débiles que dudan, que lloran, que pierden la cabeza, que sufren a la vista de todos, había que armarse de gruesas capas de insensibilidad y autocontrol. Una lección pésimamente aprendida que la vida no tardaría en desbaratar de mi mente y, sobretodo, de mi cuerpo y de mi corazón. Porque las ideas erróneas chocan, tarde o temprano, con la fragilidad sabia en la que transcurre la vida. Y si uno se empecina en seguir en puntas de pie dentro de esa torre de estoicismo sostenido, bastará un mínimo soplido o una flecha lanzada desde una mano certera para que ese mamotreto artificial que uno tardó tantos años en construir sea derribado en un instante.
Da miedo sentir. Es mejor protegerse del caos en el que circulan las emociones con razonamientos, especulaciones, excusas, defensas... Y más miedo da apasionarse, lanzarse de lleno, aventurarse... uno puede caer al vacío, como Alicia, y no encontrar nunca el camino de regreso. Pero, ¿el regreso adonde? ¿Al lugar inerte en el que uno mantiene las perillas de la consola del vivir en un justo y discreto medio? ¿A la zona conocida del confort que ya no es tan confortable? ¿A las viejas trincheras de las formas y los pareceres, donde circulan los rebaños y pastan, no los mansos, sino los sumisos?
Quien se atreve a desnudarse emocionalmente frente a otros toma riesgos y se expone a ser herido. Quien convida a otros del vino de su verdad y del pan de su historia invita a un festín que tal vez no todos valoren. Ese es el precio de salir del capullo oscuro y estrecho de la seguridad, donde, es verdad, las balas no llegan. Pero tampoco la música. Ni la danza. Ni el éxtasis. Y uno se queda sin el premio que sobreviene naturalmente a quien emerge del escondite con coraje: un inmenso par de alas.
Victoria Branca
lunes, 4 de noviembre de 2013
El enojo tiene mala prensa
El enojo tiene mala prensa. No está bien alterarse, mucho menos enojarse. Y, si por alguna extraña razón, un enojo nos alcanza y nos habita por un rato, hay que despacharlo pronto y que se note lo menos posible que anduvo visitándonos. Es que enojarse, además de promover arrugas indeseadas, rictus tensos y ojos saltones, no es aconsejable para la salud. Pero, ¿para la salud de quién?
El enojo es una emoción. Al igual que la tristeza. Al igual que la alegría. Enojarse es parte del abanico de emociones que pueblan el corazón humano. Querer ubicarla en una categoría inferior o pretender que sea un asunto de inmaduros, polvoritas y calentones, no hace más que ir llenando ese caldero psíquico infernal donde se cuecen a fuego lento y sostenido las emociones rechazadas.
Sonreírle a quien nos ataca no es una respuesta adecuada. Callarse ante un agravio o falta de respeto, tampoco. Tolerar excesivas demandas, acatar sumisamente los designios de otros, soportar en silencio el maltrato y el abuso... estos excesos deben necesariamente movilizarnos por dentro, aunque no nos demos cuenta. Cuando algo nos frustra, la reacción natural y sana de nuestro organismo es segregar adrenalina y noradrenalina y empujarnos a un estado de alerta y reacción. Pero cuando nos autoadiestramos para no registrar este circuito saludable en nosotros y nos imponemos una sobreadaptación forzada, nos convertimos en nuestro propio agente extraño circulando a contramano por nuestro cuerpo y alterando el tránsito correcto y eficaz de nuestras emociones. Entonces ya no sabemos si estamos tristes o cansados. Si nos cayó mal la comida o ese comentario hiriente. Si nos desanima la política exterior o el desgobierno interior. Y perdemos la capacidad natural, instintitiva y sana de establecer límites y barreras externas para sostener y preservar el espacio propio e interno.
Enojarse sanamente es un arte. Darnos permiso para liberar la descarga que nos provocó algo o alguien y hacerlo sin daños colaterales es algo digno de aprender. No siempre enojarse con los demás es muestra de que algo no está bien. Un desacuerdo con otro puede abrirle la puerta a un acuerdo fundamental con uno mismo.
Victoria Branca
jueves, 10 de octubre de 2013
Lo inmediatamente anterior
En el principio era el verbo, dice el génesis; no dice: la palabra. Tal vez porque el verbo es más que la palabra. Es la palabra en acción. Aquello que al ser dicho, nombrado, sucede. Pero sin intervalo entre una acción y otra sino en simultáneo. Al mismo tiempo. En el instante preciso del momento presente que, a la vez, es eterno.
A la palabra la precede el silencio. Como a la creación el caos. Lo inmediatamente anterior es su opuesto, un oxímoron vital que en plena obturación del entendimiento inaugura un resquicio de luz.
De la inmovilidad surge el movimiento.
Del reposo, la acción.
Pero entre ambos media
un compás de espera.
Un espacio.
La pausa necesaria
para que ocurra
el milagro.
El que transforma al gusano
en mariposa.
A la célula
en embrión.
A la mudez
en canto.
A la pena
en esperanza.
A la distancia
en amor.
Victoria Branca
martes, 6 de agosto de 2013
Leemos más de lo que pensamos
Leemos más de lo que pensamos. Quiero decir que somos lectores más veces de las que somos conscientes. Es decir, leemos aunque no tengamos un libro entre manos. ¿Me hago entender?
Leer no es privativo de los que escudriñan un texto. Tampoco de los intelectuales. Ni de los ávidos devoradores de clásicos. Leer es más común de lo que creemos y, de tan común, ordinario.
Leer, eso sí, es un acto íntimo. Y privado.
Se lee en silencio. De afuera hacia adentro. Si no, no es lectura. Es otra cosa.
Se lee de pie, recostado, andando, de noche, de día, en medio de un tumulto, a solas...
La lectura, así, es una práctica habitual y cotidiana. Para todos. Para unos, es verdad, más que para otros.
Leemos más de lo que pensamos.
Leemos gestos, miradas, rostros, ausencias...
Leemos acciones, silencios, sueños...
Leemos distancias, cercanía, contacto...
Leemos llantos, risas, abrazos, canciones...
Leemos estados del tiempo y del ánimo...
Leemos historias...ajenas y también la propia.
Leemos arrugas, surcos, heridas...
Leemos pálpitos, impulsos...
Leemos arrebatos, desenfados...
Leemos la locura, la discreción, el deseo...
Leemos la paciencia, la ternura, la espera...
Leemos más de lo que pensamos.
Sí, y también leemos eso, las palabras.
Victoria Branca
lunes, 20 de mayo de 2013
Eso que no debe leerse
Hay que aceptar la historia que nos contaron. La versión "oficial" de cómo fueron las cosas. El relato editado por las voces que más gritan, las que se imponen con sus decibeles estridentes y temerarios. Hay que acatar el conteo de páginas que hicieron ellos, los que se ubicaron en el lugar de "los que saben" pisoteando la reflexión libre y ajena.
Hay que desviar la mirada porque son ellos quienes señalan dónde hay que posar los ojos, y el entendimiento. No se puede mirar de frente y sostener la vista ahí, en la verdad que está siendo torturada, ultrajada, retorcida hasta ahogarle la conciencia. ¿Quién es humanamente capaz de soportarlo? Por eso insisten en esas prácticas tiránicas, malditas.
La historia es de ellos, de los que enmascaran y esconden, de los que planifican y pergeñan, de los que someten y abusan, de los que vociferan y alardean, de los que pervierten y corrompen, de los que intimidan y extorsionan.
Ellos cuentan su versión de la verdad, aunque la verdad no tenga versiones.
Pero ellos no son "lo otro", son "eso" que yo no alcanzo a ver en mí. Son la expresión oscura y negada de la edición bonita y no revisada de mí mismo. Ellos no son el enemigo y yo el amigo. Somos lo mismo. Aunque, dividido.
Por eso, las páginas que ellos quieren que no lea son las que debo leer. Y escudriñar. Y aprenderme de memoria. Eso que no debe leerse es lo que debo, indefectiblemente, leer. La lectura obligatoria y fundamental. Porque si quiero reinar para mí mismo, si quiero ser soberano y dueño de mí, tengo que sumar y no dividir. ¿Cómo habría de ejercer mi albedrío si no? ¿Cómo encontraría una pizca de verdad?
Victoria Branca
domingo, 17 de febrero de 2013
El milagro es ese
Hay momentos en que uno tiene que ser su propio padre y su propia madre. Independientemente de que tenga padres o los haya tenido, uno tiene que procurarse lo que no le fue dado por otros. Esperar que mis necesidades sean satisfechas y colmadas siempre desde afuera me quita poder y me deja a merced de cualquier albedrío menos del mío.
Ser mi propia madre significa darme consuelo, cobijo, calidez, refugio, un lugar acogedor y amoroso donde descansar y sentirme en casa.
Ser mi propio padre es infundirme coraje, valor, confianza, iniciativa. Sin estas cualidades no podré afirmarme para expresar mis deseos y mis necesidades. Mucho menos establecer límites y trazar fronteras donde deba hacerlo.
Nos acostumbramos a ser huérfanos. A creer que si nuestros progenitores no nos dieron el cuidado y la atención que merecíamos, nadie más lo hará. O peor, nos convencimos de que si no fuimos cobijados es que no lo merecíamos. Que hay algo que está mal en nosotros. Alguna falla o defecto. Y así perpetuamos una cadena de vínculos defectuosos e inseguros, lamentándonos por nuestra poca suerte.
Y protestamos toda vez que alguien nos retira su amor, nos defrauda, nos desilusiona...
Pero la des ilusión es una oportunidad. No se puede seguir andando a ciegas por la vida, tanteando verdades a medias, escondiendo el raciocinio detrás de infinitos velos que distorsionan la realidad. El milagro es ese: VER.
Victoria Branca
martes, 1 de enero de 2013
La tristeza tambien es una ola
El tiempo es una invención humana. Los ciclos no se rigen por cronómetros ni relojes, tampoco por el cambio de estación. Las emociones no se atienen a festejos y celebraciones, se mueven a un secreto ritmo independientes de la moda y el qué dirán.
El corazón, ese músculo mágico y misterioso que no descansa jamás, alberga metafóricamente nuestra historia sentiente. Sufre, palpita, anticipa, añora, espera, contiene, ausculta, recuerda...
La alegría, que debiera asistir puntualmente a los festejos de fin de año, se retova, a veces, y nos deja descolocados en medio del brindis y la música estridente. No, no vino. ¿Qué cara se supone que ponga ahora, donde la sonrisa amplia debiera estampar mi cara como un sello inconfundible en estas fechas?
Hay motivos para mi inoportuna melancolía. Hay razones para el latido a destiempo de mi corazón. Hay rostros que ya no están. Abrazos que ya no nos daremos. Nostalgias. Recuerdos así, inoportunos.
Enajenarse con alcohol y desmemoria puede ser un salvoconducto. O una estupidez. Al fin de cuentas las emociones seguirán arremolinándose en mi interior hasta que yo quede flotando inerte sobre ellas. Escaparse. Evadirse. No querer ver.. Artilugios viejos y conocidos que no conducen a otro lugar que la encrucijada. El cruce de caminos donde hay que optar. Incluso la no elección es una opción. La peor de todas.
No hay que seguir al rebaño, me digo. Madurar es eso, empezar a asumir y validar mi sentir propio. El latido que me pertenece. Que palpita así, a destiempo para el afuera, pero a un ritmo perfecto y en sintonía con el adentro. Con su ritmo personal y su particual vaivén. Como el mar, que por momentos se amansa y atempera para luego vigorizarse con toda su fuerza. La nostalgia pasa. La melancolía también. Al fin de cuentas, la tristeza también es una ola.
Victoria Branca
domingo, 16 de diciembre de 2012
El fin de un Año
El fin de un año suele no coincidir con el fin de un ciclo. Los tiempos del corazón no laten al compás del año calendario.
Las fiestas pueden llegar en un momento inoportuno, donde el ánimo no está para descorchar, mucho menos para celebrar. La agenda del mundo no coincide, muchas veces, con el rumbo que capitanea el alma. Otra vez el maldito (¿o bendito?) tironeo. Lo que dicta la tiranía exterior y lo que propone el susurro interior.
El planeta convulsionado por profecías, vaticinios, horóscopos...
El alma desmembrada por el miedo, la desazón, el sinsentido...
El corazón llevando a cuestas el pasado conocido y un futuro incierto...
Cuesta permanecer quieto. En el centro. Ajeno al parloteo de la mente y el murmullo incesante de la duda.
El mundo exige rapidez y eficiencia. Hay que estar alerta y en control. No hay que perderse ningún tren, puede que no vuelva a pasar.
No hay que perderse...
Mientras unos celebran el fin del año con alegría, otros ven pasar, con tristeza, un año que puede llevarse lo más preciado.
La rueda de la vida no gira según los calendarios.
Mucho menos según mis deseos.
Victoria Branca
domingo, 7 de octubre de 2012
¿Tiene sentido la vida?
Los seres humanos somos buscadores por naturaleza. Si no fuese así, no hubiéramos dado con tantos inventos y descubrimientos. El hombre y la mujer son seres curiosos por naturaleza, que se note más en unos que en otros se deba, tal vez, al oficio de crecer, con sus mandatos, permisos y prohibiciones. Lo que para uno es una cualidad natural de la vida, para otros será la puerta de acceso a lugares inconvenientes, que será mejor dejar en el anonimato y la ignorancia.
Sea como fuere, los habitantes más desarrollados de esta tierra (me refiero a los que terminamos dominando sobre el resto de la especies, los que sabemos que sabemos y no respondemos sólo a nuestros instintos) queremos saber de qué trata esto de la existencia. ¿Para qué vinimos a este mundo? ¿Hemos estado aquí antes? ¿Traemos una misión? ¿Somos libres de verdad o un destino preexistente lo define todo?
La vida, a pesar o muy a merced de nuestros interrogantes, se va desplegando a la par de que vivimos. Que nos demos cuenta de que estamos viviendo mientras transcurre eso que llamamos vivir ya es un hecho destacable. Muchas veces nuestra existencia transcurre sin que nos demos cuenta, como canta eternamente el gran Lennon: Life is what happens to you while you´re busy doing other plans...
La vida es eso que pasa mientras... La vida es eso, que pasa... La vida, pasa...
Que la vida tenga un sentido. Eso queremos. Que valgan la pena el sudor y las lágrimas. Las pruebas y las derrotas. Queremos que al final, la letra chica aclare este embrollo que se arma mientras existimos. Queremos respuestas que aclaren tantas preguntas. Esa luz brillando victoriosa al final de los túneles. Que se aclare, de una buena vez, el panorama...
Y en ese deseo casi infantil de imaginarnos que al final de la película el malo muere o es encarcelado y los buenos festejan, le demandamos a la vida precisión, certeza, y, sobretodo, que nuestro sueño, por favor, se cumpla.
¿Tiene un sentido la vida? ¿O será que uno tiene que dárselo, como se le da a la existencia un rumbo, ciertas coordenadas, y lo necesario para el camino?
Victoria Branca
viernes, 14 de septiembre de 2012
¿Quién lee este blog?
Las redes sociales son eso. Redes. Que sirvan para pescar o para enredar depende de algunos factores. De algún modo unen, es verdad, pero también atrapan en sus hilos interconectados dejando a su presa inmersa en un ámbito veloz que se rige por sus propias leyes.
Pareciera que la vida, en estos últimos tiempos, hubiera posado todo su peso en las alas pequeñitas del twitter. Se cita al pájaro azul como fuente fidedigna. Se comentan las opiniones tanto de extraños como de archifamosos. Se busca en su plumaje información constante y sonante. Y, también, se escupe sin asco el malestar propio y ajeno. Primero fue el mail. Después facebook. Y ahora, es el reinado absoluto del ave chimentera.
Así como las tablets van dejando en la funeraria a las tradicionales PC y sus hermanas las laptops y las notebooks, así también el twitter, en su vuelo supersónico, deja al ras del suelo y del olvido a los inventos anteriores.
El blog, según esta carrera desenfrenada, sería una de las invenciones ya obsoletas. ¿Quién tiene tiempo y ganas de leer algo que esté escrito en mucho más que 140 caracteres?
Leer un blog da pereza. Hacer comentarios mucho más. ¿Y quién quiere pasarse más de cinco minutos leyendo algo que podría digerirse en segundos?
El acto de leer está conviertiéndose más en una acción de tragar y deglutir. No hay tiempo de paladear, mucho menos de saborear. Las palabras están siendo devoradas por la urgencia y el desborde. Y salen del organismo como explosiones irreflexivas. Hay que opinar de todo y en caliente. Hay que contar a cada rato lo que se piensa, aunque ello no sea fruto de una introspección serena y profunda. Hay que expresarse sin freno, aunque se haga de manera bestial y desconsiderada. No importa el cómo. La velocidad no contempla delicadezas ni empatía.
Estoy en las redes sociales, luego existo.
La virtualidad me devuelve el protagonismo que me niega, muchas veces, la vida real.
El cyber espacio me saca de cuajo de una existencia que no me está gustando del todo.
Los quichicientos amigos que poseo en mi perfil me hacen olvidar que me siento solo.
La pantalla hace eso, tapa. Quita de la vista. Pone velos. Desdibuja. Me proyecta una vida de fantasía. Me sumerge en un estado de borrachera felíz y placentera.
La sede de la existencia parece haberse mudado. De la tierra al espacio. De la corporalidad a la virtualidad. De la mirada al espionaje. De la expresión a la impresión. De las palabras al tweet.
Y sí, lo dije en más, mucho más que 140 caracteres.
Victoria Branca
martes, 4 de septiembre de 2012
Las personas mayores nunca comprenden nada
Durante el mal llamado "proceso de reorganización nacional" perpetrado en los años ´70 en Argentina, se prohibió la lectura y difusión de ciertos libros. No eran adecuados para los valores morales y cristianos que pretendía defender a punta de pistola el gobierno militar. Uno de esos libros fue "El Principito", de Saint Éxupéry. Que el autor le haya dedicado el libro al niño que una persona mayor fue en otro tiempo, tal vez haya activado algún recuerdo molesto en los poderosos, algo que es imprescindible dejar allá lejos, bien lejos, para poder actuar con total impunidad. Porque, se sabe, el niño que fuimos siempre está observando con cara de asombro cuando el adulto que somos se desvía irremediablemente del camino que aquél trazó con entusiasmo. Y el adulto, con gesto adusto, se resiste a admitirle la entrada y permanencia a ese niño que aún es; no quiere intromisiones molestas y perturbadoras. Mucho menos si los planes que traza están en franca oposición a los sueños de cualquier niño. ¿Por eso se habrá prohibido al Principito? ¿O tal vez por su excesiva imaginación?
La imaginación, dijo Teresa, es la loca de la casa. ¿Lo creyeron a rajatabla los jurados implacables del leer? ¿O aseverar que las personas mayores nunca comprenden nada por sí solas puede haber herido la insensibilidad de quienes se adjudicaban las decisiones sobre el leer, un acto tan personal?
Muchos de quienes censuraban la lectura de ciertos libros ni siquiera leían las obras. Les era suficiente con el informe que les hacía llegar el servicio de inteligencia. Las personas mayores nunca comprenden nada...
Otros firmaban los decretos con firme torpeza. E ignorancia. Escribir sobre ciertos asuntos les parecía altamente peligroso. Era necesario confiscar esos papeles letales y hacerlos desaparecer. Tajearlos. Incendiarlos. Hundirlos con piedras en el mar...
Dice el último capítulo del Principito: "Es un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito, como para mí, nada en el universo sigue siendo igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, si o no, a una rosa...
Mirad al cielo. Preguntad: ¡el cordero, sí o no, ha comido a la flor? Y veréis como todo cambia...
¡Y ninguna persona mayor comprenderá que tenga tanta importancia!
No lo comprenderá porque lo esencial es invisible a los ojos. Y sólo se ve bien con los ojos de un niño.
Victoria Branca
martes, 15 de mayo de 2012
Vivir con dignidad
Vivir no es lo mismo que sentirse vivo.
Sobrevivir no es lo mismo que vivir.
La existencia ( ser puesto ahí afuera, en el mundo) no es algo que se elija a voluntad.
La vida sucede. Transcurre. Sigue su curso. Y, sin embargo, quienes vivimos, no nos sentimos a veces dirigiendo ni comandando el rumbo de nada.
Estar vivo no es lo mismo que sentirse vivo.
Para que la propia vida tenga sentido es necesario encontrárselo. A ese, el sentido, llámese dirección, propósito, destino... Y no hablo del destino como algo dado e inamovible, sino como el punto de llegada, que tampoco es estático ni permanente. Uno puede recalcular el rumbo y el destino las veces que sea necesario. Uno puede detenerse en el camino y reflexionar acerca de lo ya recorrido. O no querer mirar atrás. Puede uno buscar posada donde pasar la noche y elegir, también, seguir de pie, en medio de la oscuridad.
Vivir no es una ciencia.
Dicen algunos que es un arte. Y hasta una aventura.
Vivir no es lo mismo que vivir con dignidad.
La dignidad proviene, tal vez, de una cierta coherencia entre lo que se piensa, lo que se siente y lo se hace. De una cierta integridad.
Vivir con dignidad no es lo mismo que sentirse digno de vivir.
La vida no espera a que estemos listos para vivir.
No avisa que estamos viviendo, ahora, en este mismo instante.
Mucho menos anuncia cuando dejará de transcurrir y suceder para depositarnos sin culpa ni remordimiento en el lecho de muerte.
La vida no es buena ni mala.
No está ni a favor ni en contra.
No es digna ni indigna.
Esos calificativos, y porque estamos vivos y tenemos voz, los ponemos nosotros.
Victoria Branca
martes, 8 de mayo de 2012
El Cuarto Mandamiento
Reza el cuarto mandamiento: "Honrarás a tu padre y a tu madre". Cae la sentencia escrita sobre piedra con una fuerza demoledora exigiendo por parte de los hijos ¿qué?
¿Qué significa honrar?
En el diccionario encontramos los siguientes sinónimos: respetar, estimar, enaltecer, premiar...
Vayamos por parte. Respetar es una cosa, estimar es algo más. Podemos respetar a una persona sin que la estima esté en juego. Podemos, también, sentir estima por alguien pero no respetarla.
Enaltecer supone algo bien distinto. Si tomamos la preposición en por separado en-altecer sería poner en alto (o en un altar) a algo o, en este caso, a alguien. Quien enaltece pone en un rango de superioridad, digno de veneración, al objeto (o sujeto) de enaltación. Y quien pone a otro por sobre la propia altura se sitúa, indefectiblemente, en un lugar de inferioridad, de menor altura.
Se crea así una diferencia jerárquica. Una desigualdad de condiciones.
Es natural que los padres ocupen un rango de mayor jerarquía en la verticalidad de la descendencia pero, ¿hasta cuando? ¿De qué modo? ¿A qué costo?
Otra cuestión se cuela en la definición de honrar, la que describe a la persona honrada como quien no miente ni engaña. Es decir, el sujeto digno de ser honrado es (o debiera ser) una persona que dice la verdad y que no esconde nada. Al menos, no frente a los hijos que son los que deben cumplir con este mandato.
Alice Miller, doctora en filosofía, psicoterapeuta y socióloga cuestiona con lucidez y audacia el cumplimiento ciego del cuarto mandamiento:
El cuarto mandamiento contiene una amenaza, quizás un chantaje, que hoy en día sigue ejerciéndose. El que dice que hay que honrar a los padres aunque no lo merezcan, de lo contrario moriremos prematuramente. Esto no significa que, en el caso en que nuestros padres nos hayan deshonrado o maltratado, hay que pagarles con la misma moneda y tratarlos con crueldad, sino que debemos verlos tal como eran, tal como nos trataron cuando éramos pequeños, para liberarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos de este modelo de conducta.
Los mandamientos fueron escritos sobre una mole de piedra allá lejos y hace tiempo. Pero de manera misteriosa y superando todos los records, siguen vigentes al día de hoy.
Poner, ya no en un altar, sino en un estrado a los propios padres es una tendencia que fue imponiéndose en los tiempos modernos. Pero sólo para enrrostrarles nuestras frustraciones y rabias. Ubicarlos en perspectiva y observarlos durante largo rato para verlos tal como son y no como queremos que sean (o como nos convino creer que fueron) esa es otra historia.
Invita Miller: Es preciso que nos desprendamos de los padres que tenemos interiorizados, sentir el dolor reprimido, conocer la historia que el cuerpo ya conoce emocionalemnte y reconocer la propia verdad. Porque la moral puede dictar lo que debemos y no debemos hacer, pero no lo que debemos sentir. (Alice Miller, El cuerpo nunca miente)
Victoria Branca
domingo, 22 de abril de 2012
La vieja Pachamama
Cuesta ver a la tierra como un ser vivo. Por eso, tal vez, se la crea inmutable, obvia y eternamente fiel.
La tierra, pensamos, debe estar ahí, sosteniéndonos, abasteciéndonos, hospedándonos, dándonos frutos y posibilidades infinitas. Para eso está.
Y el hecho de estar es lo que le atribuimos como característica fundamental. Es una certeza que estuvo antes de nosotros.
Y debiera ser dogma que seguirá estando después.
La tierra, con sus rotaciones y giros, sus cambios de estación, su resistencia estoica al paso del tiempo, su permanencia indiscutida entre
planetas vacíos, fue, es y será el destino elegido por cualquier turista. ¿Acaso no estamos de paso en este mundo?
La vieja pachamama ha sido testigo de tanto...
Tanta historia guardada en sus pliegues. Tanto vivir metido en sus entrañas. El paso de incontadas pisadas y sentires. El correteo veloz del
avance de los tiempos. El pisoteo desvergonzado de quienes se creyeron dueños de todo...
La tierra ES un ser vivo.
Quien, como una madre generosa a su vez, es dadora y contenedora de más vida.
No somos sus dueños.
Ella nos alberga y nos hospeda.
¿Cómo le pagaremos?
Victoria Branca
En el día mundial de la tierra
miércoles, 18 de abril de 2012
Una Teoría

Todos tenemos una teoría acerca de nosotros mismos.
Con información de aquí y de allí fuimos construyendo aquello que llamamos identidad. Soy así, no soy eso, me dicen que soy bastante de esto... La imagen que fuimos delineando de nosotros mismos nos representa.
O eso creemos.
Porque muchas veces ese o esa que creíamos ser no es un reflejo tan fiel de lo que somos o, al menos, no nos define.
Los otros se encargan de ponernos calificativos (y descalificativos) para que calcemos en los moldes conocidos pero nuestra anatomía original no siempre coincide con el zapato de cristal en el que los demás pretenden que entremos.
La autoimagen, esa que constituye el núcleo central de la autoestima, es sumamente frágil y dependiente, pende de delicados y finísimos hilos que mantienen en equilibrio nuestro amor propio y la manera en la que nos brindamos a los demás.
Cuanto mayor haya sido la contención y el sostén emocional mientras crecíamos (¿es que alguna vez dejamos de hacerlo?) más fuertes y resistentes seremos a la crítica deportiva y despiadada. Y menos vulnerables a priorizar las opiniones ajenas en detrimento de las nuestras.
La estima de sí, el sano amor a uno mismo, es de vital importancia. Tan vital que de ello depende nuestra supervivencia en el mundo.
Si logramos tener una amistad saludable con nosotros mismos no necesitaremos llenarnos de gente alrededor, ni correr desesperados detrás de un elogio o una validación, tampoco esperar a que otros nos den permiso para vivir.
¿Por qué somos tan proclives a dejar en manos ajenas nuestra suerte?
Valgo. No sirvo. Soy talentoso. No soy capaz. Me falta coraje. Soy genial.
De acuerdo a los comentarios, gestos, muecas, silencios, expresiones y todo ademán que me hagan los demás, iré llenando los casilleros según corresponda.
El amor a uno mismo tiene mala prensa. Por siglos nos repitieron que hay que amar a muchos otros primero, por encima y por delante de nosotros. Que hagamos fila quietitos y obedientes ahí atrás.
Tal vez haya que revisar esos viejos manuales de la vida, no sea que se conviertan en dictámenes de una muerte lenta e imperceptible.
Victoria Branca
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