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martes, 6 de julio de 2010

Pequeño Paraíso














En Bath, Inglaterra, existe un pequeño paraíso.
Sobre la calle paralela a la principal, donde abundan los locales comerciales y la horda de gente que los frecuenta, se esconde un refugio para la lectura.
Es la librería de Mr B.
Tiene dos pisos. El de abajo se parece a una librería cómún.
El de arriba, ¡ah! esa es la antesala del Edén.
Hay libros apoyados por todos los rincones. No sólo en sus estantes, sino sobre sillas y mesas, generosamente expuestos para que los recién llegados los toquen y los abran sin miedo.
No hay empleados fizgones ni malhumorados, tan sólo libros y libros y más libros dispuestos a ser hojeados por la avidez de las manos.
Un discreto y luminoso living ofrece dos sillones para la lectura, junto a una bandeja de café recién hecho y un tarro de vidrio con galletitas caseras.
Sí, gratis. ¿Por qué habríamos de cobrarlo? En el paraíso todo es dádiva... -Imagino que contesta el St Peter que está detrás del mostrador.
Aturdida por sentir que tengo todo ese lugar a mi entera disposición (no hay nadie a esa hora del mediodía) elijo unos diez libros y los apilo entre mis brazos.
Me ubico en el sillón que más me gusta (el verde) y apoyo los libros en la mesa de arrime.
Abro el tarro de galletitas y saco una. Miro a mis costados para confirmar que no, no estoy robando, y me instalo en el sillón con la intención de quedarme un buen rato ahí.
Hojeo un libro de Borges en inglés. Uno de Manguel sobre la lectura. Otro de mariposas del mundo. Uno que se llama "Life lessons", pero que no es el de Elisabeth. Una guía de Praga. Uno de Tennyson. Otro de Jane Austen...
Ya hace una hora que leo y hago asociaciones libres. Bien libres.
Se acerca el fin de la terapia. De la "biblioterapia", como reza el pizarrón que tengo frente a mí.
No, no les debo nada a mis terapeutas, los libros. O, más bien, se los debo todo.

lunes, 12 de abril de 2010

Rue des Barres















Sobre esta callecita escondida en el corazón de París hay una tienda pequeña.
Subiendo esas escalinatas empedradadas, de levísima inclinación hay un local chiquito y mágico.
No sale en guías verdes ni en mapas.
No está en google ni en facebook.
Es un refugio para los caminantes y los viajeros.
Un pedacito de cielo y un oasis para el espíritu.
Pasando apenas el cafecito azul, que en Primavera desparrama sillas y mesas afuera como polen nuevo, está ubicado el escondite.
Donde se ofrecen los aromas de la tierra. Amasados y horneados por manos generosas. Y el vino dulce y espeso, manjar de dioses y humanos.
Y galletas, y mermeladas, y tortas galesas, y miel...
El pequeño escondite fue mío durante muchas horas. Aquellas que pasé detrás del mostrador, jugando a la dueña y a la cajera, como cuando era niña.
Pero no era un juego. Era de verdad.
Y ahora es parte de mi memoria y ocupa un espacio chiquito y mágico en mi corazón.
Detrás de la iglesia Saint Gervais, en la rue des Barres, aún sigue presente y silencioso el local de los productos de los monasterios de Francia.
Que fue mío. Que es de todos...

viernes, 18 de septiembre de 2009

La casa de Ernest Hemingway



















En noviembre del año pasado visité la casa de Ernest Hemingway en Key West.
Caminé unas diez cuadras desde el caribeño centro comercial hasta
el "old town",donde una pequeña entrada custodiaba el refugio que el escritor se había hecho para escapar del vértigo del mundo.
Está rodeada de un parque fértil y tupido, cuyos habitantes permanentes son los
descendientes de unos gatos de seis garras que Hemingway supo adoptar.
La casa, hoy museo, es una visita obligada para quienes se aventuran desde la shopinesca Miami hacia la lengua atrevida del sur de Florida, que pareciera hacerle burla a los balseros cubanos que sueñan con desembarcar en ese paraíso perdido.
Pasé dos horas recorriendo todo los rincones del lugar, hasta que, atravesando un pequeño patio trasero, subí la escalera que me llevaría hacia el escritorio
del ex pescador. Un cuarto austero y españolísimo, con algunos trofeos de caza, y en el centro una pequeña mesa de madera con una máquina de escribir.
Me quedé apoyada sobre la puerta de reja aferrada con mis manos a sus barrotes, imaginando al escritor en su silla.
Y por mi mente pasaron imágenes veloces de una vida intensa. De una vida vivida.
Mudanzas. Guerras. Amores. Viajes. Desengaños. Travesías. Palabras. Y el mar...
Ese mar mojándolo todo con la sal de la historia. Y despertando en el alma vieja el ímpetu de un jóven que quiere beberse el mundo para luego echarse a dormir una siesta bajo ese plátano añoso, o esa palmera centenaria, que aún custodian su jardín.
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