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lunes, 19 de agosto de 2013

Los cinco grandes arrepentimientos de los moribundos




Los Cinco grandes arrepentimientos de los moribundos


1- Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera
2- Ojalá no hubiera trabajado tanto
3- Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía
4- Habría querido volver a tener contacto con mis amigos
5- Me hubiera gustado ser más feliz
Extractado del libro homónimo de Bronnie Ware (enfermera que acompañó infinidad de enfermos
terminales en su lecho de muerte)

sábado, 28 de abril de 2012

Por eso, Gracias


Este post puede tener muchos comienzos. Uno podría decir: "Hoy se cumplen 35 años de la desaparición de mi papá" (desaparición digo, y no muerte, porque sólo sus asesinos saben la hora y el día en que murió)
O bien podría comenzar: "Hoy viajé sin escalas hacia mi pasado". Y también: "Hoy fue un día que no olvidaré jamás".
Podría hablar del duelo, del dolor, de la memoria que no olvida, de lo que quedó trunco...
Pero la muerte nada tuvo que ver en este día. Tampoco el rencor y el odio. Todo lo contrario.
Anoche recibí un mail de Laura, una mujer que no conocía. Ella y Magdalena, su mamá, no eran nada significativo en mi vida. Hasta hoy.
Hoy, el día en que se cumplen 35 años de la desaparición física de mi papá, la vida me sorprendió con una de esos regalos que llegan en el momento justo. Tan a tiempo. Tan oportuno...
Se trató de algo así como una cadena de favores en la que nadie se dio cuenta de cuan importante era su participación hasta que el destino llega, de manera inexorable y misteriosa, hasta su destinatario. O, para decirlo de manera simple y clara, hasta que eso que le perteneció siempre a uno llega otra vez a sus manos.
Rebobinando: Laura me rastreó (fe de erratas: me googleó) y me escribió el mail. Magdalena, su mamá, recibió una caja. Alejandro, el albañil, la encontró en un hueco del altillo en que hacía la refacción.
La caja contenía diarios personales. Fotos. Boletines. Cajitas con recuerdos de la infancia. Medallas. Más fotos. Más recuerdos...
Todo lo que está en esa caja de flores celestes, rosas y amarillas, fue mío. Es mío.
Mi diario de Hello Kitty escrito desde el año 1979 hasta el año 1982. El diario del primer viaje que hice a Europa. Los boletines de la secundaria. Un pedacito de mí, en suma,  que estuvo escondido (¿o debería decir custodiado?) en el altillo del que fue mi último hogar antes de casarme. Esa casa en la que también vivieron Magdalena y Laura durante 12 años y que luego pasó a otros dueños, que decidieron refaccionarla con Alejandro, el albañil alado que pensó que esa caja debía importarle a alguien y que era mejor no tirarla.
Y, como si todo eso que volvió a mí después de tanto tiempo (22 años para ser exacta) no fuera suficiente, en la caja había otro tesoro. Ese que me confirmó que no era casual que yo me reencontrara con mi pasado de esta manera. En este día.
Por eso, gracias.
A vos, Laura, que te tomaste el tiempo de buscarme y escribirme el mail.
A vos, Magdalena, que no te deshiciste de la caja y me recibiste pronto en tu casa.
A vos, Alejandro, que intuiste que eso no era para el volquete de escombros.
Y a vos, papá, que tenés maneras peculiares de hacerte notar.
No, no te olvido.
Siempre estás en mi corazón.

Victoria Branca


sábado, 17 de marzo de 2012

En silencio por duelo


















Y hasta que volvamos a encontrarnos,
que dios te guarde
en la palma de su mano.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Correo para los que ya no están


















Es inevitable, cuando se acercan celebraciones y festejos, no acordarse de los que ya no están.
Las fiestas reúnen a los seres queridos, los congregan alrededor de la mesa para compartir el año que pasó. Si hay asperezas o rencores, se intenta hacer una tregua para esas fechas, y si no, la tristeza se hace más palpable comparada a la alegría que promueven los que desean festejar.
Cuando el corazón aún transita el sabor amargo de la ausencia se hace difícil participar de estas fiestas. No se tienen la fuerza ni las ganas. Más que nunca se hace grotesco el espíritu navideño. No porque sea falso, sino porque no es acorde al réquiem que entona el alma.
Las fechas son inamovibles, al igual que el estado de ánimo. Aunque se intente disimular la pena profunda que inunda el corazón, el dolor está más presente que la euforia. Y está bien que así sea. ¿Quién dijo que la noche buena deba ser una fiesta alocada, de risas forzadas y ruidos estruendosos?
La navidad recuerda un nacimiento que tuvo lugar en un simple pesebre. Sin multitudes. Sin mesas atiborradas de comida ni apremios y prisas por resolver asuntos de última hora.
El nacimiento ocurre en plena noche. En el más absoluto y reverente silencio. Puertas adentro. Ajeno a las miradas indiscretas y las críticas insensibles. Lejos del mundanal ruido. En lo secreto.
Y allí, en lo secreto, es donde ocurre el milagro.

Victoria Branca

domingo, 11 de septiembre de 2011

La muerte y la Vida


















Hoy se conmemora el fatal atentado a las torres gemelas en New York.
Y también se recuerda a quienes desempeñan la sencilla y compleja tarea de educar: los maestros.
Es un día donde la vida y la muerte danzan entrelazados como amantes. Como pareja despareja. Desigual.
¿Cómo podría la vida salir a bailar con la muerte?
Son enemigas. Antagonistas.
Pero la existencia nos muestra una y otra vez que sus bordes se tocan. Todo el tiempo.
Que sus fronteras se desdibujan hasta fundirse en un mismo horizonte.
La vida lleva, inexorablemente, hacia la muerte. Y la muerte es, muchas veces, dadora de nueva vida.
La muerte arrebata,
la vida también.
La muerte confronta y escandaliza,
la vida también.
La muerte arranca máscaras,
la vida también.
Los maestros enseñan,
la vida y la muerte también.
Los maestros aperciben,
la vida y la muerte también.
Los maestros dejan huella,
la vida y la muerte también.
La vida y la muerte son grandes maestros.
Y hoy, misteriosamente, vuelven a quedar hermanados.
Una vez más.

Victoria Branca

miércoles, 27 de julio de 2011

Ese espacio vacío



















Cuando alguien se va de nuestro lado, sea por muerte, por destierro, por cansancio, por enojo, por traición, por resignación, por desaparición o porque simplemente se cumplió un ciclo (eso es lo último en lo que pensamos cuando sucede...) queda un espacio vacío. Un hueco en el corazón. Una hendidura que duele y que no hace más que recordarnos que aquél que hasta hace poco estaba, ya no está.
Se nos enseña desde chiquitos que a los espacios en blanco hay que rellenarlos. Con colores, con trazos firmes, con lineas y garabatos, con palabras... El fondo blanco debe ser cubierto para que no se note lo desnuda que es la existencia.
El silencio debe ser evitado con palabras, aunque no estemos diciendo nada de importancia.
Cubrir, esa es la cuestión.
Cuando el corazón se destempla queremos abrigarlo. Pronto. No sea que una helada lo petrifique y deje de latir.
Cuando sentimos una herida en carne viva queremos operarla sin demora. Una sutura por aquí, que ya no sangre, gasas para taparla. Una mordaza esterilizada para no oír el llanto desgarrador....
No soportamos sentir tanto. Y, sin embargo, esa es la ilusión que mueve al amor.
La intensidad la queremos en el sexo, en el enamoramiento, en el deleite y el placer. Pero no en el dolor. A ese hay que atenuarlo, silenciarlo, rebajarle el volúmen hasta que ya no se oiga.
La vida comienza en los espacios vacíos. En la nada. En el silencio más absoluto. Pero luego aprendemos que para vivir hay que escaparle a esos agujeros negros. Huir de los espacios vacíos. Esquivar pozos y abismos.
Cuando alguien se va de nuestro lado se quiebran viejos acuerdos. El otro no cumplió con su promesa. Dejó las cosas sin terminar. Me sumió en un caos imprevisto. Me dejó con palabras en la boca en medio de un silencio atroz.
¿Con qué voy a llenar esta vez ese espacio en blanco?

Victoria Branca

sábado, 9 de julio de 2011

No hay muerte, hay mudanza
















"El que murió simplemente se nos adelantó.
Porque allá vamos todos.
No hay muerte,
hay mudanza".

Facundo Cabral

¡Hasta pronto Facundo!

jueves, 12 de mayo de 2011

Una muerte no se repara matando


















El asesinato descarnado del terrorista Bin Laden y el posterior festejo del gobierno americano por la hazaña "victoriosa" no me es indiferente. Pensé muchas cosas al respecto, pero no quise opinar. No me gusta meterme en política, me dije. Pero eso no es política. Es mucho más. Los valores de justicia, de respeto, de libertad, todo está en juego. Así como el derecho irrevocable a duelar en intimidad a los seres queridos. Y, sobretodo, estuvo en juego el sentido común. Que de tan común parece un bien escaso, difícil de alcanzar en este mundo vertiginoso y vengativo.
Pero el motivo de que ahora escriba acerca de esto es la carta que hoy fue publicada en la sección opinión del diario La Nación. Transcribo algunos párrafos significativos a los que adhiero de corazón y de pensamiento.

" Cuanto más lejos del mundo en el que sueño vivir me siento cuando veo que se celebra una muerte (asesinato a sangre fría) para vengar o ajusticiar otras muertes. Más que alivio siento tristeza; más que una sensación de justicia, decepción.
Más que sentir que fue honrada la memoria de mi hermano y que su muerte, en el atentado contra las torres gemelas del 11 de Septiembre, hace casi 10 años, tiene algún sentido, siento que fue en vano, que el mundo se vuelve cada día más cruel, violento e inseguro. Si éste es el resultado de tamaña pérdida, duele aún más que él no esté hoy entre nosotros viendo crecer a sus maravillosos hijos, que fueron privados de su amor en la tierra.
El asesinato de Osama Ben Laden a manos del ejército norteamericano jamás reparará el dolor de los familiares de las casi 3000 personas que murieron en aquel atentado.
Nunca una muerte reparará el dolor ocasionado por otras muertes... Sólo el amor y el recuerdo de la gran persona que fue mi hermano permitieron que, a lo largo de estos años, se hiciera justicia en mi corazón y en el de cada una de las personas que lo conocimos y quisimos... Jamás la búsqueda de la venganza y del asesinato de otras personas, fueran o no responsables del atentado, fue una alternativa en la intención de aplacar tanto dolor.
No quiero descartar nunca la búsqueda de auténtica justicia, pero sí la de aquella justicia que genera más muertes, más guerras y más sangre derramada de gente inocente, que llena el mundo de más odio, más resentimiento y más dolor".

Escrita por el hermano de Pedro Grehan,
que murió en el ataque a las torres gemelas

jueves, 28 de abril de 2011

jueves, 24 de marzo de 2011

Donde conviven peces y restos humanos
















"No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida."

Juan Gelman

Mi padre fue arrancado a la fuerza de su tierra, de su país, de mi vida. Tragado por las fauces inmensas de la voracidad del poder. Sentenciado a muerte por un tribunal fantasma. Arrojado, quizás, como un desecho, a las aguas turbias del rio de La Plata donde conviven peces y restos humanos, naturaleza y exterminio.
Hoy se conmemora ¿qué? ¿El inicio de la impunidad y el miedo? ¿El comienzo de una dictadura nefasta? ¿Un proceso de aniquilación sistemática y secreta? ¿La manifestación del infierno en la tierra?
Hubiera sido más noble y acertado conmemorar a la justicia y a la verdad en la fecha en que comenzó la democracia, no el golpe de estado. Pero más allá de ello, a los muertos se los recuerda en libertad, sin fechas impuestas desde afuera. Cuando el corazón lo dicta.
A mi padre lo llevo en el corazón, aunque sea parte de una lista siniestra.

Victoria Branca

martes, 15 de marzo de 2011

Un abrigo de Arcilla















La muerte es un diálogo
entre polvo y Espíritu.
"Deshazte", dice ella -y el Espíritu:
"Señora, espero algo bien distinto"-

Duda de esto la muerte -argumentando
a ras del suelo- Y se aleja el Espíritu,
sólo dejando como prueba
un abrigo de arcilla.


Death is a dialogue between
the Spirit and the Dust.
"Dissolve" says Death -The Spirit
"Sir, I have another trust"-

Death doubts it -argues from the ground-
The Spirit turns away
just laying off for evidence
An overcoat of clay.

Emily Dickinson
Poemas a la Muerte

viernes, 18 de febrero de 2011

Más allá de la Vida


















Fui a ver "Más allá de la vida" (Hereafter), la última película de Clint Eastwood. La trama tiene como eje central a la muerte, pero no como guadaña impiadosa que cae con todo su peso para arrebatar a sus vícitimas ni tampoco como hecho trágico y sin remedio. No. El genial Clint se juega a hablar de aquello que ocurre después. De lo que pueda suceder más allá.
La muerte sucede a cada rato. De mil y una maneras diferentes. Que el hombre es finito y limitado nos lo recuerda la existencia a cada momento. Morir es parte de la vida. Y es un hecho que nos acontecerá tarde o temprano. Lo interesante del planteo de Eastwood es dar un paso más allá. Quitar la mirada del acontecimiento en sí para abrirse a posibilidades que exceden la razón y los planteos lógicos.
¿Por qué este mundo imperfecto y palpable habría de ser lo único que existe? ¿Es posible que exista un mundo paralelo, invisible y eterno al que accedemos una vez muertos? ¿Es la muerte un final abrupto o el umbral que nos deposita en otra forma de vida? ¿Hay vida después de la vida como postularon tantos autores a costa de su propia reputación?
Estas y otras preguntas flotan debajo y por encima de las historias que se van entrelazando en la película.
La muerte no pasa desapercibida. Y para quien la experimenta de alguna manera (los tres personajes principales han sido tocados por ella de distinta forma) la vida no vuelve a ser lo mismo. Las prioridades cambian. El eje sobre el que se sostienen gira y los coloca de espaldas a un montón de cosas que antes les resultaban imprescindibles y ahora son meras trivialidades.
Cuando un hecho fuerte tuerce de alguna forma nuestra existencia, no volvemos a ser los mismos. Unos se rearman como pueden. Otros, quedan suspendidos entre el más allá y el más acá un buen tiempo.
Pero la vida transcurre, para los que estamos vivos, más acá de la muerte. En este tiempo presente (que sigue siendo un regalo)
De eso también da cuenta la particular mirada de Clint Eastwood. De que develar el más allá tiene algo de fascinación y puede ser sumamente atractivo. Pero mientras haya vida, la vida ha de vivirse ahora. En el más acá.

Victoria Branca

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La visita menos pensada














La tristeza no organiza citas. No se anuncia, ni te envía un recordatorio para que sepas que pasará por tu casa en un determinado día, a una cierta hora.
La tristeza es incierta. Y misteriosa.
Aunque intentes posponer el encuentro apelando a mil y una excusas, se quedará quieta en un rincón de tu corazón, sin la menor intención de irse, y con la absoluta certeza de que se ha presentado allí por un motivo que te incumbe.
La tristeza es irritante, e incómoda. No se atiene a modales burgueses ni se comporta según el protocolo.
Pero si hay algo que no puede reprochársele es que no sea auténtica.
Es verdad que puede salir a escena de la mano de la irritación y la bronca, pero rápidamente se suelta y se deja ver en toda su penitud. Sí, su plena pena se derrama sin fuerzas y ya no hay contención posible.
Se le tiene miedo a la tristeza. Es portadora de debilidad. Es promotora del desaliento. Pero la pobre no ha tenido buenos agentes de prensa y se la opone a la alegría como si fuese su eterna sombra. Pero ella no es su oponente. Es sólo su otro costado. Así como el día y la noche se turnan para velar por la tierra, así también la tristeza y la alegría deberían habitarnos de a ratos.
A mí suele agarrarme desprevenida. Y está bien que así sea, porque es en esos momentos en que ningún artilugio mental me anda haciendo guardia, y ella puede deslizarse tranquilamente hasta mi corazón. Y una vez ahí dentro, ya no hay cerrojos ni puertas que le impidan instalarse a sus anchas.
Pero no es cargosa. Y cuando vacía la tercera taza de té, muy delicadamente se retira. Y me deja lagrimeando pensativa, pero serena.

Victoria Branca

martes, 5 de octubre de 2010

El duelo postergado















Un duelo puede postergarse por diversas razones, pero por el motivo que sea suele quedar arrumbado en un lugar remoto al que rara vez regresamos de manera voluntaria. Tiene que ocurrir algo que nos haga tomar contacto con aquella herida otra vez para que reiniciemos ese proceso que quedó trunco.
A veces ha pasado tanto tiempo desde que se produjo la herida, que no tenemos idea de donde proviene ese vago malestar general. O esa sensación brumosa de que algo no anda bien. O esa percepción de que estamos bajo los efectos de alguna rara anestesia que nos hace insensibles a muchas vivencias.
Y como el hombre es animal de costumbre, acomodaremos nuestra historia alrededor de esa herida sin sanar, que formará parte de nuestra identidad como un tatuaje interior.
Pero mientras sigamos andando por la vida con nuestras heridas a cuestas y nuestros duelos inconclusos, nos sentiremos menos livianos para disfrutar los acontecimientos alegres y más abrumados para enfrentar las situaciones difíciles. Es que los asuntos pendientes se cuelgan de manera invisible de nuestras espaldas y entorpecen de manera palpable la felicidad.

Victoria Branca,
Extractado de mi libro
Tal vez Mañana

viernes, 13 de agosto de 2010

¿Fueron los vientos?



















Anoche cayó derribado un árbol de mi jardín.
¿Fueron los vientos quienes lo tumbaron con su aullido animal? ¿O tal vez él mismo quien se echó a descansar de una vez y para siempre?
Lo cierto es que ese árbol, que hasta ayer se mantenía impertérrito y erguido, en sus más de 5 metros, es hoy un tronco inerte pronto a convertirse en leña.
Y arderá, seguramente, en algún hogar. Y se hará ceniza.
Y luego, desaparecerá.
El ciclo de la vida. Lo que debe ser. El circuito incesante en que lo que nace, muere y renace en una forma diferente.
La naturaleza se rige por sus propias leyes. Y no cuestiona. Sucede lo que tiene que suceder. De la manera en que tiene que suceder.
El árbol cumplió su ciclo. Y sin hacer escándalo dejó su espacio vacante.
Las aves que se posaban en sus ramas tendrán que buscarse un nuevo puesto de observación.
Y para eso habrán de extender sus alas y volar.
Nada permanece para siempre en su sitio. Sólo las estatuas. Y los edificios. Pero ni siquiera ellos. Un temblor puede sacudirlos en segundos y convertirlos en escombros.
Anoche cayó derribado un árbol de mi jardín.
Fueron los vientos. ¿O las aves?

domingo, 1 de agosto de 2010

Nos vemos mañana
















La idea de la muerte de mis padres empezó a preocuparme a los cinco o seis años. La inevitabilidad de la muerte fue una de las primeras cosas que aprendí del mundo por mi propia cuenta. Nadie hablaba de eso y sin embargo los signos eran muy claros.
Cada vez que me acostaba -y en esto tengo la certeza de no haber sido muy diferente de millones de otros niños- el temor de que alguno de mis padres o los dos murieran durante la noche me rozaba como un dedo frío en la nuca.
Ese temor, creo, tiene poco que ver con un clima psicológico en particular y se asocia más bien a la caída de la noche. Aún así, como era imposible preguntar "¿No te morirás esta noche?, ¿No?" (cuando mi abuela murió, me dijeron que se había ido a descansar, o -mi tío que era más franco- que había fallecido), como no podía preguntar la verdadera pregunta y necesitaba una promesa tranquilizadora,inventé -como muchos antes que yo- el eufemismo Nos vemos mañana. A lo que mi padre o mi madre respondían, Nos vemos mañana, John.
Cuando sus pasos se apagaban en la oscuridad, intentaba no levantar la cabeza de la almohada tanto cuanto podía para que esas últimas palabras no me abandonaran, atrapadas como un pez en un charco entre las rocas, durante la marea baja.
La promesa implícita en las palabras me protegía también de la oscuridad. Las palabras prometían que no estaría solo, todavía.

John Berger,
Cada vez que decimos adiós.

viernes, 16 de julio de 2010

El Huésped















Aunque te sientas solo y castigado
por un olvido cada vez más fuerte,
y te parezca estar abandonado
porque nadie te aguarda ni te advierte,

no estás solo del todo ni olvidado,
pues, entre tanta soledad y muerte,
alguien que no se aparta de tu lado
vive para escucharte y comprenderte.

Abre las puertas rojas de tu herida,
y entrando en lo más hondo de tu vida
(donde el dolor no es solamente tuyo),

percibirás con misteriosa calma
la luz de un alma en la raíz del alma
y el bien de un corazón dentro del tuyo.

Francisco Luis Bernárdez

lunes, 31 de mayo de 2010

Por donde se cuela la voz del Alma



















Las heridas son grietas por donde se cuela la voz del alma.
Y cuando su proceso de curación ha quedado a mitad de camino, suelen supurar de nuevo para que les prestemos atención y terminemos de sanarlas.
El duelo es la respuesta natural que sobreviene a una pérdida. Es la manera sana en que podemos reacomodarnos a lo que ha hecho trastabillar nuestra existencia.
Pero los duelos no cuentan con muchos adeptos ya que son algo caóticos. Durante este proceso suelen mezclarse de manera desordenada el enojo, la tristeza, la apatía, el desconcierto, la negación.
Las emociones parecen amotinarse en nuestro interior y están listas para escapar por la primera rendija que encuentren para hacer escándalo.
Esta manifestación desenfranada nos asusta y hace que muchas veces ejerzamos un control excesivo para mantenerlas aprisionadas, pero las emociones son puro movimiento y aunque pretendamos echarlas escaleras abajo en alguna celda silenciosa nos asaltarán por sorpresa en el momento menos pensado.
Es que el alma no puede permanecer amordazada por mucho tiempo, y cuando no escuchamos los susurros en que intenta comunicarse con nosotros, no le quedará otra alternativa que apelar a un buen grito.
Somos algo perezosos para encarar lo que no nos gusta, y muchas veces solemos posponer un proceso de duelo porque nos incomoda. Pero al hacerlo, dejamos en suspenso a nuestro corazón que aprende a latir en voz baja para no despertar a las viejas heridas. De esa manera todo disminuye su intensidad. El dolor. El enojo. El amor...

Victoria Branca
Extractado de mi libro
Tal vez Mañana

jueves, 6 de mayo de 2010

Diario de un Duelo















Hay un tiempo en que la muerte es un acontecimiento, una a-ventura, y con ese derecho moviliza, interesa, tiende, activa, tetaniza. Y luego un día, ya no es un acontecimiento sino otra duración, amontonada, insignificante, no narrada, gris...

Ahora, por todas partes, en el café en la calle, veo a cada individuo bajo la especie del que-debe-morir, ineluctablemente, es decir muy exactamente del mortal. Y, con no menor evidencia, los veo como no sabiéndolo.

Me espanta absolutamente el carácter discontinuo del duelo.

Duelo: no aplastamiento, bloqueo, sino una disponibilidad dolorosa: estoy en alerta, esperando, espiando la llegada de un "sentido de vida".

Duelo: malestar, situación sin chantaje posible.

Todo el mundo es muy amable y, sin embargo, me siento solo.

No tengo deseo sino necesidad de soledad.

Se dice: el tiempo sosiega el duelo. No, el tiempo no hace pasar nada, solamente hace pasar la emotividad del duelo.

De hecho, en el fondo, siempre esto: como si estuviese como muerto.

No es soledad lo que necesito, es anonimato.

No suprimir el duelo sino cambiarlo, transformarlo, hacerlo pasar de un estado estacionario (estasis, nudos en la garganta, recurrencias repetitivas de lo idéntico) a un estado fluído.

A cada uno su ritmo de aflicción.

Extractos de "Diario de duelo",
de Roland Barthes

jueves, 15 de abril de 2010

Sin palabras


















Una de las penas más grandes que cubren con su sombra la muerte súbita de un ser querido, es no haberle podido decirle adiós.
Esta privación a la que nos sometió la vida nos desespera y mantiene abierta la herida por largo tiempo. Sentimos que el corazón nos quedó estaqueado y amordazado en tierra de nadie. Hay tantas cosas que hubiésemos querido decir y no pudimos...
Todo aquello que la muerte silenció queda arrumbado en algún rincón de nuestra alma, y en algún momento tendremos que ir en su búsqueda y darle voz nuevamente aunque el destinatario ya no esté.
Decir todo lo que balbucea entre sollozos nuestro corazón hará que la angustia vaya cediendo y nos permitirá ir limpiando la herida, quitándole todo aquello que pueda infectarla para que sane poco a poco.
Una manera de despedirnos es a través de una carta.
En un lugar tranquilo, a solas, dejando que el corazón se exprese, podemos escribir las palabras que silenció el dolor.
Aunque empecemos a hacerlo y las lágrimas no nos permitan ver la hoja con claridad, aunque la tristeza nos invada y pareciera dejarnos sin aire en los pulmones, es liberador sacar hacia afuera todo lo que hubiésemos querido decir y no pudimos.
Aún si lo que sale no es lo que esperábamos, abrir el arcón de las emociones es una manera de transitar el duelo de manera sana.

Victoria Branca
Extractado de mi libro,
Me hubiera gustado decirte adiós
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