
Perséfone acaba de ser secuestrada por Hades, el dios del inframundo.
Su madre corre de un extremo al otro de la tierra gritando su nombre. Está desesperada.
Durante nueve días y nueve noches llora desconsoladamente su ausencia. No hay rastros de su hija.
Perséfone, la doncella inocente que juntaba flores en los campos que cultivaba Demeter, su madre, habita ahora en las sombras. En el reino del desasosiego. Lejos de su mundo conocido y luminoso. A tientas se mueve en ese lugar oscuro que no reconoce.
Extraña los rayos del sol. La voz familiar de sus seres queridos. El canto de las aves, el aroma de las flores...
El inframundo es un lugar frío. Tenebroso. Se escuchan murmullos de queja y lamento. O el silencio más sepulcral.
El que recién llega a esta tierra baldía no se siente bienvenido. Pero lo es.
La oscuridad, en su punto más negro, preanuncia la llegada de la luz.





