lunes, 14 de febrero de 2011

Unidas por el mágico azar











Cuando las alumnas del Sarah Lawrence College le preguntaron a su profesor cómo podrían darse cuenta de cuál era su vocación, Joseph Campbell les contestó: "It´s simple, just follow your bliss"
"Bliss" es una de esas palabras que no puede encerrarse en una sola cuando es traducida. Es gozo y es dicha, como lo define el diccionario, pero no es cualquier gozo ni cualquier dicha. Es más que eso.
Dice Campbell: "If you follow your bliss you put yourself on a kind of track that has been there all the while, waiting for you, and the life that you ought to be living is the one you are living."
"Si sigues la dirección de tu dicha más profunda (una de las definiciones que a mí más me gustan) te ubicas en un camino que ha estado siempre ahí, esperándote, y comienzas a vivir la vida que debes vivir."
"Follow your bliss and don´t be afraid and doors will open where you didn't know there were going to be", agrega convencido Mr. Campbell.
"Sigue la dirección de tu dicha más profunda sin miedo y se te abrirán puertas allí donde creías que no existían"

El miércoles pasado tuve la dicha de compartir un almuerzo junto a varias mujeres que hace rato siguen (quizás sin saberlo) la filosofía de Campbell. Convocadas (con vocación) por una mujer de espíritu generoso y alegre, nos reunimos en torno a una enorme mesa en el jardín para darles un rostro y un cuerpo (pero sobretodo un corazón) a los blogs que ya visitábamos en el impersonal reino del cyber espacio.
Allí estaban María Cecilia, Marcela, Carola, Georgina, Constanza, Eskita, Gloria, Carolina, Marcela y quien les cuenta, unidas por el mágico azar, para compartir parte de nuestras vidas.
Además de lo bien que la pasamos nos repartimos regalos y abrazos.
Gracias Ale por abrir las puertas de tu casa y lindísimo Bed & Breakfast para que todas coincidiéramos en un tramo de nuestros caminos. La dicha es más intensa cuando se comparte.

sábado, 12 de febrero de 2011

La prueba del delito


















Uno de los desafíos en los que me embarqué durante el año pasado (digo desafío por llamarlo de manera más interesante ya que se trató ni más ni menos que de una odisea con un final cantado, y no por alguna sirena) fue el plan nutricional de descenso de peso e inicio de alimentación saludable bajo la supervisión estricta y remunerada de una especialista en la cuestión (que no era yo, obviamente).
El asunto es que el plan funcionó bien los primeros meses, como todo amor recién estrenado, pero al promediar el año se convirtió en una lucha diaria entre el estricto deber y el desmesurado placer.
La constancia no es una de mis virtudes, me cuesta terminar muchas de las cosas que empiezo, a no ser, claro, que el objeto que deba llevar a feliz término sea una obscena, deliciosa y prohibidísima torta de chocolate. Ahí te cumplo la tarea de cabo a rabo sin la más mínima distracción y sin que al entusiasmo decaiga.
Y eso fue lo que hice varias veces a lo largo (y cada vez más ancho) sendero de esa reverenda dieta en la que incursioné.
La especialista sospechaba que yo no andaba haciendo la tarea del todo bien, entonces terminaba concediéndome alguna pequeñita excepción a la regla pero, ¿acaso puede compararse una barrita de cereal con chocolate al bocato di Cardenale Papístico que significa llevarse a la boca un tenedor repleto de esponjosa torta recién hecha de chocolate y dulce de leche?
El asunto es que violé la libertad condicional varias veces, es decir, hice libre uso de mi propio albedrío a costa de mi futura silueta y a sabiendas de que incurrir a conciencia y en reiteradas ocasiones en la misma falta es claramente intencional y premeditado. Por lo tanto, y dado que no puedo ser juzgada por insania mental, me someto al tribunal alimenticio para que se expida sobre esta causa y remito, a modo de prueba, la foto del objeto de mi grave falta a la salud y el buen comportamiento.
Ante mí, doy fe (pero la porción real, que te quede claro, queda en mi poder)

jueves, 10 de febrero de 2011

Anam Cara



















Acaba de reeditarse el discreto y luminoso tesoro que John O' Donohue desenterró para el mundo. Se trata de Anam Cara, el libro de la sabiduría Celta.
Desde hace varios años es uno de mis libros de compañía, esos que van conmigo a todas partes.
Anam Cara es, como devela su etimología celta, ese amigo del alma que está siempre dispuesto y disponible y cuyo corazón encierra esa sabiduría perenne y sencilla que no alardea.
Su sapiencia está al alcance de todos, por eso no utiliza fórmulas rebuscadas ni un lenguaje complejo para compartir lo que sabe.
Además de la riqueza infinita del decir de sus páginas hay, salpicadas como al descuido, varias bendiciones.
John O' Donohue era un poeta. Y un caminante lleno de luz. Un místico espiritual y sensual que supo dejar que su alma tomara la delantera y lo llevara a vivir su vida como una fascinante y sagrada aventura.
A eso nos invita Anam Cara, a aventurarse sin miedo en el territorio caótico y rebosante de vida de la propia existencia confiando en que "tu alma conoce la geografía de tu destino y sólo ella tiene el mapa de tu futuro."


Victoria Branca

martes, 8 de febrero de 2011

Un tiempo para cada cosa














Todo tiene su momento bajo el cielo
y hay un tiempo para cada cosa:
Un tiempo para nacer
y un tiempo para morir,
un tiempo para plantar
y un tiempo para arrancar lo plantado,
un tiempo para demoler
y un tiempo para edificar,
un tiempo para reír y un tiempo para llorar,
un tiempo para lamentarse
y un tiempo para bailar,
un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse,
un tiempo para perder
y un tiempo para buscar,
un tiempo para guardar y un tiempo para tirar lo guardado,
un tiempo para coser
y un tiempo para rasgar,
un tiempo para hablar y un tiempo para callar,
un tiempo para odiar
y un tiempo para amar,
un tiempo para la guerra
y un tiempo para la paz.

Eclesiastés 3, 1-8

domingo, 6 de febrero de 2011

Ese efímero equilibrio



















Entre una idea sostenida y un nuevo pensamiento

Entre las viejas creencias y los nuevos horizontes

Entre aquello que me contaron y esto que descubro

Entre la planificada organización y el alocado deseo

Entre las expectativas ajenas y el albedrío personal

Entre lo escrito en el pasado y lo que esboza el porvenir

Entre la lógica matemática y el garabato pasional

Entre lo que dictan los manuales y lo que deslizan los sueños

Entre un antiguo recuerdo y una vivencia real

Entre el murmullo de la gente y el susurro de mi soledad

Entre la imágen proyectada y el reflejo verdadero

Entre la multitud de palabras y el austero silencio

Entre ellos y yo

Entre tu y eso


Victoria Branca

viernes, 4 de febrero de 2011

Palabras de Autor



















Ser escritor no consiste sólo en escribir libros, sino en mucho más: es una actitud ante la vida, una exigencia y un compromiso.

Escribir es hacer retroceder a la muerte, es dilatar el espacio de la vida.

Escribir es una transfusión de sangre hacia afuera.

Mi trabajo como escritor consiste en despertar a esos hombres vivos que, por el hecho de estar muertos, están vivos.

Una obra que se pretende realizar es siempre un destino que empieza.

Al principio, respondía que escribía para que la gente me quisiera. Luego, esta respuesta me pareció insuficiente y decidí que escribía porque no me gustaba la idea de tener que morir.
Ahora, digo, y quizás eso sí sea cierto, que, en el fondo, escribo para comprender.

Somos las palabras que usamos. Nuestra vida es eso.

Cada libro escribe siempre al mismo autor.

Somos todos escritores, sólo que algunos escriben y otros no.


José Saramago
"En sus palabras"

miércoles, 2 de febrero de 2011

Namasté



















Albert Einstein aprendió la palabra namasté y su significado al ver a Mahatma Gandhi en un documental saludando a la gente en las calles de la india con la cabeza gacha y las manos juntas.
Escribió a Gandhi para preguntarle qué decía.
Gandhi respondió: "Namasté. Significa 'honro el lugar que hay en tí donde reside el universo. Honro el lugar que hay en tí de luz, amor, verdad, paz y sabiduría'".

Namasté alberga en su interior un mensaje de paz y armonía y saluda la conectividad y divinidad de todos los seres

Namasté transmite una señal clara de que no estoy armado y no voy a atacarte

Es mucho más que un símbolo de paz. Reconoce que nadie, ni un solo miembro de la familia humana, está exento de recibir unos dones que le pertenecen única y exclusivamente a él.

Reconocer (conocer de nuevo) nuestros dones naturales es como volver a casa. Así, pues, uno regresa a su ser auténtico y genuino (genuinus, lo que es innato en uno)

Cuando uno reconoce y utiliza sus dones naturales (aquellos con los que nació) está mostrando su genialidad (el genio que todos llevamos dentro) y ese genio está allí para conceder y hacer realidad cada sueño personal.

Extractado del libro "El poder de las palabras",
de Kevin Hall
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