
Todos tenemos una teoría acerca de nosotros mismos.
Con información de aquí y de allí fuimos construyendo aquello que llamamos identidad. Soy así, no soy eso, me dicen que soy bastante de esto... La imagen que fuimos delineando de nosotros mismos nos representa.
O eso creemos.
Porque muchas veces ese o esa que creíamos ser no es un reflejo tan fiel de lo que somos o, al menos, no nos define.
Los otros se encargan de ponernos calificativos (y descalificativos) para que calcemos en los moldes conocidos pero nuestra anatomía original no siempre coincide con el zapato de cristal en el que los demás pretenden que entremos.
La autoimagen, esa que constituye el núcleo central de la autoestima, es sumamente frágil y dependiente, pende de delicados y finísimos hilos que mantienen en equilibrio nuestro amor propio y la manera en la que nos brindamos a los demás.
Cuanto mayor haya sido la contención y el sostén emocional mientras crecíamos (¿es que alguna vez dejamos de hacerlo?) más fuertes y resistentes seremos a la crítica deportiva y despiadada. Y menos vulnerables a priorizar las opiniones ajenas en detrimento de las nuestras.
La estima de sí, el sano amor a uno mismo, es de vital importancia. Tan vital que de ello depende nuestra supervivencia en el mundo.
Si logramos tener una amistad saludable con nosotros mismos no necesitaremos llenarnos de gente alrededor, ni correr desesperados detrás de un elogio o una validación, tampoco esperar a que otros nos den permiso para vivir.
¿Por qué somos tan proclives a dejar en manos ajenas nuestra suerte?
Valgo. No sirvo. Soy talentoso. No soy capaz. Me falta coraje. Soy genial.
De acuerdo a los comentarios, gestos, muecas, silencios, expresiones y todo ademán que me hagan los demás, iré llenando los casilleros según corresponda.
El amor a uno mismo tiene mala prensa. Por siglos nos repitieron que hay que amar a muchos otros primero, por encima y por delante de nosotros. Que hagamos fila quietitos y obedientes ahí atrás.
Tal vez haya que revisar esos viejos manuales de la vida, no sea que se conviertan en dictámenes de una muerte lenta e imperceptible.
Victoria Branca






