martes, 15 de mayo de 2012

Vivir con dignidad



Vivir no es lo mismo que sentirse vivo.
Sobrevivir no es lo mismo que vivir.
La existencia ( ser puesto ahí afuera, en el mundo) no es algo que se elija a voluntad.
La vida sucede. Transcurre. Sigue su curso. Y, sin embargo, quienes vivimos, no nos sentimos a veces dirigiendo ni comandando el rumbo de nada.
Estar vivo no es lo mismo que sentirse vivo.
Para que la propia vida tenga sentido es necesario encontrárselo. A ese, el sentido, llámese dirección, propósito, destino... Y no hablo del destino como algo dado e inamovible, sino como el punto de llegada, que tampoco es estático ni permanente. Uno puede recalcular el rumbo y el destino las veces que sea necesario.  Uno puede detenerse en el camino y reflexionar acerca de lo ya recorrido. O no querer mirar atrás. Puede uno buscar posada donde pasar la noche y elegir, también, seguir de pie, en medio de la oscuridad.
Vivir no es una ciencia.
Dicen algunos que es un arte. Y hasta una aventura.
Vivir no es lo mismo que vivir con dignidad.
La dignidad proviene, tal vez, de una cierta coherencia entre lo que se piensa, lo que se siente y lo se hace. De una cierta integridad.
Vivir con dignidad no es lo mismo que sentirse digno de vivir.
La vida no espera a que estemos listos para vivir.
No avisa que estamos viviendo, ahora, en este mismo instante.
Mucho menos anuncia cuando dejará de transcurrir y suceder para depositarnos sin culpa ni remordimiento en el lecho de muerte.
La vida no es buena ni mala.
No está ni a favor ni en contra.
No es digna ni indigna.
Esos calificativos, y porque estamos vivos y tenemos voz,  los ponemos nosotros.

Victoria Branca




jueves, 10 de mayo de 2012

Morir con dignidad



La cámara de senadores de Argentina aprobó unánimemente la ley de muerte digna.
La ley establece "el derecho a aceptar o rechazar determinadas terapias o procedimientos médicos o biológicos, con o sin expresión de causa, como así también revocar posteriormente su manifestación de la voluntad."
Con ello se le reconoce al paciente que sufre "una enfermedad irreversible, incurable o que se encuentra en estado terminal el derecho a manifestar su voluntad en cuanto al rechazo de procedimientos quirúrgicos, de reanimación artificial o retiro de medidas de soporte vital".
Se regula así el encarnizamiento médico, que con tanto avance tecnológico a su favor perjudica, a veces, el desenlace digno de la vida.
Enhorabuena.

martes, 8 de mayo de 2012

El Cuarto Mandamiento


Reza el cuarto mandamiento: "Honrarás a tu padre y a tu madre". Cae la sentencia escrita sobre piedra con una fuerza demoledora exigiendo por parte de los hijos ¿qué?
¿Qué significa honrar?
En el diccionario encontramos los siguientes sinónimos: respetar, estimar, enaltecer, premiar...
Vayamos por parte. Respetar es una cosa, estimar es algo más. Podemos respetar a una persona sin que la estima esté en juego. Podemos, también, sentir estima por alguien pero no respetarla.
Enaltecer supone algo bien distinto. Si tomamos la preposición en por separado en-altecer sería poner en alto (o en un altar) a algo o, en este caso, a alguien. Quien enaltece pone en un rango de superioridad, digno de veneración, al objeto (o sujeto) de enaltación. Y quien pone a otro por sobre la propia altura se sitúa, indefectiblemente, en un lugar de inferioridad, de menor altura.
Se crea así una diferencia jerárquica. Una desigualdad de condiciones.
Es natural que los padres ocupen un rango de mayor jerarquía en la verticalidad de la descendencia pero, ¿hasta cuando? ¿De qué modo? ¿A qué costo?
Otra cuestión se cuela en la definición de honrar, la que describe a la persona honrada como quien no miente ni engaña. Es decir, el sujeto digno de ser honrado es (o debiera ser) una persona que dice la verdad y que no esconde nada. Al menos, no frente a los hijos que son los que deben cumplir con este mandato.
Alice Miller, doctora en filosofía, psicoterapeuta y socióloga cuestiona con lucidez y audacia el cumplimiento ciego del cuarto mandamiento:
El cuarto mandamiento contiene una amenaza, quizás un chantaje, que hoy en día sigue ejerciéndose. El que dice que hay que honrar a los padres aunque no lo merezcan, de lo contrario moriremos prematuramente. Esto no significa que, en el caso en que nuestros padres nos hayan deshonrado o maltratado, hay que pagarles con la misma moneda y tratarlos con crueldad, sino que debemos verlos tal como eran, tal como nos trataron cuando éramos pequeños, para liberarnos a nosotros mismos y a nuestros hijos de este modelo de conducta.
Los mandamientos fueron escritos sobre una mole de piedra allá lejos y hace tiempo. Pero de manera misteriosa y superando todos los records, siguen vigentes al día de hoy.
Poner, ya no en un altar, sino en un estrado a los propios padres es una  tendencia que fue imponiéndose en los tiempos modernos. Pero sólo para enrrostrarles nuestras frustraciones y rabias. Ubicarlos en perspectiva y observarlos durante largo rato para verlos tal como son y no como queremos que sean (o como nos convino creer que fueron) esa es otra historia.
Invita Miller: Es preciso que nos desprendamos de los padres que tenemos interiorizados, sentir el dolor reprimido, conocer la historia que el cuerpo ya conoce emocionalemnte y reconocer la propia verdad. Porque la moral puede dictar lo que debemos y no debemos hacer, pero no lo que debemos sentir. (Alice Miller, El cuerpo nunca miente)


Victoria Branca



sábado, 5 de mayo de 2012

Volver a la Esencia



Reencontrarse con el propio pasado puede ser un asunto molesto. Una bendición. O ambos.
Traer de regreso partes de uno mismo, aquí y ahora, puede no encajar con ese rompecabezas que uno se la pasó armando desde hace tiempo y que parece tener cada pieza en su lugar.
Que el pasado se instale sin previa invitación en la sala de estar de la casa que acostumbra a recibir huéspedes consentidos es perturbador.
Pero el pasado, al igual que la tristeza, no organiza citas ni manda cartas documento para avisarnos que se meterá con nosotros. Irrumpe. Simplemente.
"Mi pasado me persigue", solemos decir, a veces, cuando se transforma en una presencia indeseada que pretende tomar algo con nosotros. Mejor que "se tome el buque", nos decimos en voz baja, implorando que desaparezca pronto de nuestras vidas.
Pero el pasado es un tiempo verbal, nada más. Es parte de una linea de puntos infinitos que circunscribimos allá lejos para ordenar nuestra existencia. ¿De verdad creímos que iba a ser un postulado inerte sujeto a nuestros deseos?
Pasado, presente y futuro son construcciones. Invenciones didácticas para organizar el caos vital.
El tiempo, eso que transcurre, ocurre, sucede y se desenvuelve (¿o somos nosotros los que transcurrimos, ocurrimos, sucedemos y nos desenvolvemos?) es una creación humana.
Pretender que el pasado quede enterrado en una tumba de concreto, sin vida, es como aseverar que un futuro hecho a medida es lo que nos sucederá de aquí en más.
No existe la barra del tiempo. Es otro invento práctico para ayudarnos a comprender. Pero cuando uno se acostumbra a vivir de esa manera, ubicando hechos, experiencias, vivencias en un lado u otro de la flecha del tiempo, corre el riesgo de convertirse en el blanco despiadado del arco de la vida, que disparará sus dardos hacia el centro vulnerable que aún nos queda hasta sacurdirnos la modorra autoimpuesta. Y provocar una herida (¿o una grieta?) por donde pueda volver a circular sangre caliente y vital.
El pasado puede ser un asunto molesto, sí, o un regalo que nos llega en el momento justo. Tan a tiempo. Tan oportuno.

Victoria Branca



sábado, 28 de abril de 2012

Por eso, Gracias


Este post puede tener muchos comienzos. Uno podría decir: "Hoy se cumplen 35 años de la desaparición de mi papá" (desaparición digo, y no muerte, porque sólo sus asesinos saben la hora y el día en que murió)
O bien podría comenzar: "Hoy viajé sin escalas hacia mi pasado". Y también: "Hoy fue un día que no olvidaré jamás".
Podría hablar del duelo, del dolor, de la memoria que no olvida, de lo que quedó trunco...
Pero la muerte nada tuvo que ver en este día. Tampoco el rencor y el odio. Todo lo contrario.
Anoche recibí un mail de Laura, una mujer que no conocía. Ella y Magdalena, su mamá, no eran nada significativo en mi vida. Hasta hoy.
Hoy, el día en que se cumplen 35 años de la desaparición física de mi papá, la vida me sorprendió con una de esos regalos que llegan en el momento justo. Tan a tiempo. Tan oportuno...
Se trató de algo así como una cadena de favores en la que nadie se dio cuenta de cuan importante era su participación hasta que el destino llega, de manera inexorable y misteriosa, hasta su destinatario. O, para decirlo de manera simple y clara, hasta que eso que le perteneció siempre a uno llega otra vez a sus manos.
Rebobinando: Laura me rastreó (fe de erratas: me googleó) y me escribió el mail. Magdalena, su mamá, recibió una caja. Alejandro, el albañil, la encontró en un hueco del altillo en que hacía la refacción.
La caja contenía diarios personales. Fotos. Boletines. Cajitas con recuerdos de la infancia. Medallas. Más fotos. Más recuerdos...
Todo lo que está en esa caja de flores celestes, rosas y amarillas, fue mío. Es mío.
Mi diario de Hello Kitty escrito desde el año 1979 hasta el año 1982. El diario del primer viaje que hice a Europa. Los boletines de la secundaria. Un pedacito de mí, en suma,  que estuvo escondido (¿o debería decir custodiado?) en el altillo del que fue mi último hogar antes de casarme. Esa casa en la que también vivieron Magdalena y Laura durante 12 años y que luego pasó a otros dueños, que decidieron refaccionarla con Alejandro, el albañil alado que pensó que esa caja debía importarle a alguien y que era mejor no tirarla.
Y, como si todo eso que volvió a mí después de tanto tiempo (22 años para ser exacta) no fuera suficiente, en la caja había otro tesoro. Ese que me confirmó que no era casual que yo me reencontrara con mi pasado de esta manera. En este día.
Por eso, gracias.
A vos, Laura, que te tomaste el tiempo de buscarme y escribirme el mail.
A vos, Magdalena, que no te deshiciste de la caja y me recibiste pronto en tu casa.
A vos, Alejandro, que intuiste que eso no era para el volquete de escombros.
Y a vos, papá, que tenés maneras peculiares de hacerte notar.
No, no te olvido.
Siempre estás en mi corazón.

Victoria Branca


miércoles, 25 de abril de 2012

Un testigo privilegiado
















El lunes participé de la conferencia que Alberto Manguel, lector personal de Borges, dio en la Feria del Libro. Manguel no es popular. En una sala con capacidad para doscientas personas apenas completábamos ciento y pico.
Manguel no es best seller por estas latitudes. Sus libros no se encuentran sobre las mesas atestadas de esos ejemplares que hay que leer porque se acaba el mundo, y en ese frenesí histérico más vale tragarse todo lo que pueda salvarnos de un vacío irremediable.
De eso habló, en parte, Alberto Manguel. De los libros que dejan de ser alimento para el espíritu y se convierten, en manos de hábiles mercaderes y comerciantes, en objetos de consumo. El marketing dicta y la avidez consumista responde.
Lúcido y sereno,  Manguel le quitó ese barniz plástico y artificial al libro y lo tomó delicadamente entre sus manos. Fue pasando sus páginas con reverencia, deteniéndose en aquellos pasajes que conmueven al alma. Porque el libro, en manos de un verdadero lector, es una puerta abierta a infinitos mundos. Un testigo privilegiado y discreto del infinito sentir humano.
Leer otorga mágicos poderes, confió Manguel,  como la capacidad de eliminar barreras temporales y espaciales. No importa si esa historia que se desarrolla ahora ante mis ojos y entre mis manos ocurrió hace miles de años, es real aquí y ahora para mi, lector, que, ensimismado, no distingue ya entre pasado, presente y futuro. Todo ocurre en ese instante fugaz y eterno en el que el tiempo se detiene. Como si hubiese sido hechizado por la vara certera de las palabras.
Leer también refleja lo que nos pasa en el espejo de lo que dice el texto que otro, que no soy yo, pero que también soy yo, revela ante mí en sus palabras. Se produce una vía de comunicación fluída, íntima, verdadera, entre quien escribe y quien vivencia lo escrito.
Y leer, además, otorga el poder de entrever intuitivamente la inminencia de una revelación que no se produce (Borges dixit)
Son tantos los vericuetos, pasadizos, puertas secretas, mirillas, huecos, adonde nos conduce la magia de la lectura que sería imposible captar las realidades que nos presenta en su totalidad.
Pero como en todo viaje, lo importante no es la meta sino la manera de viajar (Stevenson dixit)

Victoria Branca

domingo, 22 de abril de 2012

La vieja Pachamama

Cuesta ver a la tierra como un ser vivo. Por eso, tal vez, se la crea inmutable, obvia y eternamente fiel. La tierra, pensamos, debe estar ahí, sosteniéndonos, abasteciéndonos, hospedándonos, dándonos frutos y posibilidades infinitas. Para eso está. Y el hecho de estar es lo que le atribuimos como característica fundamental. Es una certeza que estuvo antes de nosotros. Y debiera ser dogma que seguirá estando después. La tierra, con sus rotaciones y giros, sus cambios de estación, su resistencia estoica al paso del tiempo, su permanencia indiscutida entre planetas vacíos, fue, es y será el destino elegido por cualquier turista. ¿Acaso no estamos de paso en este mundo? La vieja pachamama ha sido testigo de tanto... Tanta historia guardada en sus pliegues. Tanto vivir metido en sus entrañas. El paso de incontadas pisadas y sentires. El correteo veloz del avance de los tiempos. El pisoteo desvergonzado de quienes se creyeron dueños de todo... La tierra ES un ser vivo. Quien, como una madre generosa a su vez, es dadora y contenedora de más vida. No somos sus dueños. Ella nos alberga y nos hospeda. ¿Cómo le pagaremos? Victoria Branca En el día mundial de la tierra
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