domingo, 2 de marzo de 2014

El recurso Espiritual olvidado


Sábado 8 de Marzo
Charla: "La intuición: El recurso espiritual olvidado"
Si querés participar, escribime al mail
Victoria

viernes, 28 de febrero de 2014

Una promesa...


La vida comienza a fluir cuando uno sale de su zona de confort...

viernes, 14 de febrero de 2014

Del Amor y otras conjugaciones


Todavía no sé si el amor es un sustantivo o un verbo. Si es la causa, el efecto, la consecuencia o la razón de vivir. Si de verdad está en todas partes y es todo lo que necesitamos o si se puede vivir tranquilamente sin esa cosita loca llamada amor.
El inconsciente colectivo esta superpoblado de frases que aluden a este sentimiento. ¿El amor es un sentimiento? ¿O es justamente la experiencia del amor lo que pone de manifiesto una serie de expresiones sentimentales?
"Ama y haz lo que quieras", dice San Agustín, y lanza una piedra candente al ojo mismo de la tormenta existencial. Pero es justamente a causa del amor que los seres humanos terminamos no siendo dueños de nuestra voluntad y haciendo, no lo que queremos, sino lo que podemos. El amor no es garantía de cordura ni del ejercicio sostenido de la voluntad. Para unos es justamente lo contrario: por amor se puede perder la razón (por no decir la cabeza), el rumbo, la reputación. Cuando el amor irrumpe puede desatar las mayores catástrofes naturales y dejarlo a uno tumbado por el camino junto a las columnas y estructuras más firmes hechas, luego de su paso, añicos.
No, el amor no es como te lo cuentan en las fábulas y libros infantiles. Tampoco como lo embadurnan las sagas románticas. Todo eso es puro cuento. Cuando el amor te atraviesa (algo de verdad hay en eso de Cupido y sus flechas) te hace cautivo y prisionero, ¿o te libera, en verdad, de antiguas cárceles y celdas autoimpuestas?
¿El amor es un estado? ¿Un estrato? ¿Un sustento? ¿Un hechizo? ¿Un don?
¿Qué somos capaces de hacer en nombre del amor? ¿O es el mismo amor que hace cosas en nosotros a las que no podemos darle nombre?
¿Somos nosotros sujetos capaces de amar o es el amor el que nos hace sujetos amables y amantes?
Las raíces etimológicas de las palabras alumbran, a veces, la penumbra en que nos mantiene la incomprensión, pero en el caso del amor nubla aún más el entendimiento. Dicen los eruditos que proviene de la raíz amma que nos vincula al amor de madre y que no se acentúa en la o sino en la a. (como si el cambio de acentuación pudiera quitarle intensidad al misterio...) Pero a mi me gusta la explicación que dice que amor viene de a-mor: a (sin) mor (muerte). El amor es lo opuesto a la muerte. Quien ama está vivo. Lo mismo que un corazón amoroso y amante que late con vigor y sostiene la vida. El amor es la conjugación por excelencia de la vida, porque, cuando el amor sucede, todo a mi alrededor es capaz de ser amado. El prójimo. El que está lejos. El que se fue. El que llegó. E, incluso y sobretodo,  uno mismo.

Victoria Branca

jueves, 26 de diciembre de 2013

Mis deseos para el 2014



Que el 2014 sea...

...una inmensa plataforma de despegue para tus sueños
...una paleta llena de los colores que necesita tu alma para ex-presarse
...un sendero que te lleve al encuentro de tu esencia
...una partitura que ejecute los latidos vigorosos de tu corazón
...el espacio necesario para que tus alas se extiendan 
...el impulso necesario para que emprendas vuelo

Te lo deseo de corazón,
Victoria

lunes, 9 de diciembre de 2013

El maravilloso mundo de las Interpretaciones



Dejarse conocer, en intimidad, implica coraje. Requiere confianza. Abrirle la propia historia con sus heridas y sinsabores a otro es un acto de fe. Porque no sabemos, de antemano, de qué manera recorrerá las vetas y surcos de nuestra existencia. ¿Sabrá adentrarse con delicadeza en el territorio frágil y vulnerable de un corazón humano? ¿O, por el contrario, se asentará con prepotencia en la tierra húmeda y pisoteará las flores del jardín?
Abrirse para mostrarle el paisaje interior a quien intenta conocernos nos pone en un lugar inseguro. Deponer las defensas, quitarnos las máscaras, bajar la guardia... todo ello nos hace sentir la inminencia del peligro. Ya no estamos armados, todo lo contrario. Y ese "desarme" es el que permite que la propia esencia exhale su perfume hacia el exterior. Si no, es sólo un concentrado encerrado en un frasco que nadie percibe.
El primer paso para ser conocido, aprehendido, captado por alguien, es dejarse conocer. Y el segundo, que no necesariamente se desprende del primero, es que ese otro pueda aprehendernos, captarnos, conocernos de verdad. Pero esto, lamentablemente, no siempre sucede. No es una ecuación matemática.
Muchas veces invitamos a que otro entre en nuestra casa, le abrimos puertas, ventanas, le convidamos una porción de nuestra historia, pero el otro se aparece con su propia canasta de picnic llena de cosas ya preparadas y se apura a comerse lo que trajo sin siquiera mirarnos. Y el fallido diálogo se transforma en una traducción simultánea y desconectada de nuestro idioma. Una interpretación errónea y alejada del propio corazón que no necesita intérpretes para ejecutar sus latidos. Y luego de ese des encuentro sobreviene la pregunta inevitable: ¿Conviene que vuelva a hacer esto?
A nosotros, los hombres y mujeres que habitamos suelo humano, nos encanta interpretar. Vivimos en el maravilloso mundo de las interpretaciones. Creemos saber, mejor que el otro, qué es lo que a éste o aquél le duele, le importa, le falta, le sobra... llenamos las pausas como si fuesen casilleros, los silencios como si fuesen abismos.
Es que mientras siga el parloteo incesante, no habrá que vérselas con alguna incómoda verdad. Y mientras evitemos sostener la mirada, no habrá que sumergirse en aguas profundas. Lo profundo suele ser oscuro. Húmedo. Incierto. Mejor quedarse en la superficie. Donde nadan de a muchos. Donde el agua se ve más clara y los pies no se hunden. Aunque el corazón, ese que acuna y custodia el propio ser, lata, invariablemente, en las profundidades.

Victoria Branca

martes, 26 de noviembre de 2013

Una lección pésimamente aprendida



Durante mucho tiempo compré la idea de que ser fuerte era equivalente a mostrarse invulnerable. Y que ser vulnerado (por ofensas, por acción, por omisión e, incluso, por amor) era un desembarco directo al mar de las desgracias. Para sobrevivir en el mundo de los débiles que dudan, que lloran, que pierden la cabeza, que sufren a la vista de todos, había que armarse de gruesas capas de insensibilidad y autocontrol. Una lección pésimamente aprendida que la vida no tardaría en desbaratar de mi mente y, sobretodo, de mi cuerpo y de mi corazón. Porque las ideas erróneas chocan, tarde o temprano, con la fragilidad sabia en la que transcurre la vida. Y si uno se empecina en seguir en puntas de pie dentro de esa torre de estoicismo sostenido, bastará un mínimo soplido o una flecha lanzada desde una mano certera para que ese mamotreto artificial que uno tardó tantos años en construir sea derribado en un instante.
Da miedo sentir. Es mejor protegerse del caos en el que circulan las emociones con razonamientos, especulaciones, excusas, defensas... Y más miedo da apasionarse, lanzarse de lleno, aventurarse... uno puede caer al vacío, como Alicia, y no encontrar nunca el camino de regreso. Pero, ¿el regreso adonde? ¿Al lugar inerte en el que uno mantiene las perillas de la consola del vivir en un justo y discreto medio? ¿A la zona conocida del confort que ya no es tan confortable? ¿A las viejas trincheras de las formas y los pareceres, donde circulan los rebaños y pastan, no los mansos, sino los sumisos?
Quien se atreve a desnudarse emocionalmente frente a otros toma riesgos y se expone a ser herido. Quien convida a otros del vino de su verdad y del pan de su historia invita a un festín que tal vez no todos valoren.  Ese es el precio de salir del capullo oscuro y estrecho de la seguridad, donde, es verdad, las balas no llegan. Pero tampoco la música. Ni la danza. Ni el éxtasis. Y uno se queda sin el premio que sobreviene naturalmente a quien emerge del escondite con coraje: un inmenso par de alas.

Victoria Branca

lunes, 4 de noviembre de 2013

El enojo tiene mala prensa


El enojo tiene mala prensa. No está bien alterarse, mucho menos enojarse. Y, si por alguna extraña razón, un enojo nos alcanza y nos habita por un rato, hay que despacharlo pronto y que se note lo menos posible que anduvo visitándonos. Es que enojarse, además de promover arrugas indeseadas, rictus tensos y ojos saltones, no es aconsejable para la salud. Pero, ¿para la salud de quién?
El enojo es una emoción. Al igual que la tristeza. Al igual que la alegría. Enojarse es parte del abanico de emociones que pueblan el corazón humano. Querer ubicarla en una categoría inferior o pretender que sea un asunto de inmaduros, polvoritas y calentones, no hace más que ir llenando ese caldero psíquico infernal donde se cuecen a fuego lento y sostenido las emociones rechazadas.
Sonreírle a quien nos ataca no es una respuesta adecuada. Callarse ante un agravio o falta de respeto, tampoco. Tolerar excesivas demandas, acatar sumisamente los designios de otros, soportar en silencio el maltrato y el abuso... estos excesos deben necesariamente movilizarnos por dentro, aunque no nos demos cuenta. Cuando algo nos frustra, la reacción natural y sana de nuestro organismo es segregar adrenalina y noradrenalina y empujarnos a un estado de alerta y reacción. Pero cuando nos autoadiestramos para no registrar este circuito saludable en nosotros y nos imponemos una sobreadaptación forzada, nos convertimos en nuestro propio agente extraño circulando a contramano por nuestro cuerpo y alterando el tránsito correcto y eficaz de nuestras emociones. Entonces ya no sabemos si estamos tristes o cansados. Si nos cayó mal la comida o ese comentario hiriente. Si nos desanima la política exterior o el desgobierno interior. Y perdemos la capacidad natural, instintitiva y sana de establecer límites y barreras externas para sostener y preservar el espacio propio e interno.
Enojarse sanamente es un arte. Darnos permiso para liberar la descarga que nos provocó algo o alguien y hacerlo sin daños colaterales es algo digno de aprender. No siempre enojarse con los demás es muestra de que algo no está bien. Un desacuerdo con otro puede abrirle la puerta a un acuerdo fundamental con uno mismo.

Victoria Branca
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