lunes, 23 de mayo de 2011

A la vera de sueños y deseos


















Existe una cultura del lamento. Una corriente que nos lleva rio abajo hacia la queja y el reproche continuos. La protesta sostenida por los ideales rotos, las interminables letanías de todo lo que debería haber sido y no fue, el eterno juicio a los ancestros, la responsabilidad de nuestros fracasos arrojada por entero a las espaldas de los que nos precedieron, o de aquellos que en algún tramo del camino supieron caminar algunos pasos junto a nosotros. Todo ello condimentado con la amargura y la desesperanza de lo que no fue como queríamos.
Si bien es saludable revisar el recorrido y hacer un inventario de heridas y desilusiones, no lo es dejar el foco instalado en el pasado, resaltando los errores y horrores padecidos. Cometidos.
Nos comportamos, a veces, como extensiones de la vida de los que nos precedieron. Como coadjutores de otros. Como actores de reparto que sólo saben moverse unos pasos detrás del protagonista. Como satélites que giran de manera automática alrededor del libreto de la historia familiar. Y allí permanecemos, boyando sin identidad propia, quejándonos del frío, aterrados por las pocas fuerzas que nos quedan para mantenernos a flote. Es que intentar hacer pie en aguas ajenas no es para lo que vinimos. Ese no es nuestro territorio.
Existe, en muchas situaciones, un beneficio secundario, un rédito que nos convence para seguir apoltronados en viejos vicios y resistirnos a abandonarlos. Porque si lo hacemos, tendremos que ejercer ese libre albedrío tan molesto y lanzarnos a vivir una vida propia. Bajo nuestra absoluta responsabilidad. Con todo el riesgo que eso trae aparejado.
Por eso nos conviene seguir quejándonos. Y echarle la culpa de que hoy estemos frustrados a ellos, los artífices de nuestra historia pasada, los titiriteros que aún creemos mueven los hilos de nuestro destino. Y acallar esa voz que insiste en que salgamos de ese pozo ciego y oscuro en que decidimos atrincherarnos para protegernos.
"Es nuestra luz, no nuestra oscuridad lo que más nos asusta", dice con arrojo Marianne Williamson. Es que no hemos sido hechos para permanecer en las sombras, a la vera de nuestros sueños y deseos, sino para que la luz que hay en cada uno de nosotros sea puesta en evidencia e ilumine a todos los que están en la casa.

Victoria Branca

9 comentarios:

Lola dijo...

Victoria me gustó mucho ésta reflexión me voy a llevar la cita final para tenerla presente...

Anónimo dijo...

También me gustó esta reflexión.

Anónimo dijo...

"Our deepest fear is not that we are inadequate. Our deepest fear is that we are powerful beyond measure. It is our light, not our darkness that most frightens us. We ask ourselves, Who am I to be brilliant, gorgeous, talented, fabulous? Actually, who are you not to be? Your playing small does not serve the world. There is nothing enlightened about shrinking so that other people won't feel insecure around you. We are all meant to shine, as children do. And as we let our own light shine, we unconsciously give other people permission to do the same. As we are liberated from our own fear, our presence automatically liberates others" - from Marianne Williamson's book, A Return To Love

Besos
Flor

laura dijo...

yo entiendo todo, y lo creo, pero a la hora de los bifes, me quedo en lo oscuro. q difícil.

Anónimo dijo...

me encanto la idea de ser luz en este mundo!! muy buena tu reflexion Victoria. Iluminemos, pues a todos los que no rodean!!! bso tinker bell

Anónimo dijo...

quien es Marianne Williamson?? me podrias contar un poco sobre ella??

Victoria dijo...

Anónimo: Marianne Williamson es una autora norteamericana que hizo un camino personal de sanación y ha escrito varios libros. Podés visitar su página www.marianne.com

Eskita dijo...

tan identificada me siento con tus palabras victoria, una vez mas. gracias por compartir tu interior. te dejo un besote!

maría cecilia dijo...

es sano quejarse un poco, poquito, pero quedarse pegado, eso nunca!!!
cariños

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