lunes, 14 de noviembre de 2011

La Sociedad de los Poetas



















¿En qué momento de la vida empieza uno a pensar por sí mismo y en libertad?
¿Hasta qué punto nos condiciona la historia propia y la ajena?
¿Se puede decir, sin filtro y sin temor, todo lo que uno piensa y cree? ¿O hay que filtrar el contenido de la conciencia (ni hablar de los contenidos inconscientes) para pertenecer a la sociedad en que uno vive?
¿Qué tan alto es el precio que se paga por torcer el libre albedrío en dirección al consenso y a lo que profesan las mayorías?
¿Qué hechos son capaces de tironearnos el alma en dirección a nuestra esencia? ¿Nos animamos a seguir ese destello de súbita lucidez en medio de las sombras que dejan las siluetas que no son la nuestra?
Dicen que los locos y los niños no mienten. Que lo que dicen llega hasta el tuétano de nuestra alma y eso es perturbador. Es que no se puede permanecer mucho tiempo allí, en el núcleo incorruptible de nuestro ser. Es demasiado claro para sostenerse en medio de la oscuridad. Demasiado liviano para no destacarse en medio de tanta pesadez y pesadumbre humanas. Demasiado simple para sobrevivir a tanta complejidad del mundo.
Conviene perderse entre la muchedumbre siendo mansos. Simétricos. Prolijos. Adecuados. Correctos. Conformes. Uniformes. Informes...
Así se conforma la sociedad de los poetas muertos. Con voces que cantan al unísono sin destacarse. Con personas que someten su libre pensar a los pensamientos de unos pocos. Con actitudes ordenadas y parejas. Que no disturben el orden con gritos ni carcajadas. Ni sueños ni sentires propios. Mucho menos con ideales alocados e ideas nuevas.
Para sostener el orden hay que imponerlo. A través del temor y la amenaza. Invocando dioses iracundos que están al acecho (lupa en mano) observando cada traspié, mala intención, deseos non sanctos y tentaciones inapropiadas para nuestros espíritus encarcelados.
Pero existe otra sociedad posible, la de los espíritus libres, la de los poetas que se animen a gritar su verdad sobre los techos y entre las rejas, a medianoche y al amanecer, entre las multitudes dormidas y los corazones oprimidos, junto a los locos y los niños. Aunque para conformarla haya que ganarse unos cuantos enemigos y detractores.
Pero vale la pena.
Lo dijeron Francisco y Clara en Asís.
Juana Inés en su celda.
Mandela una vez liberado.
Rumi en sus cánticos de amor.
El bailarín en su danza.
El músico con su guitarra.
La sacerdotisa bajo la luna llena.
El monje desde la montaña.
Los enamorados en su abrazo.
Los moribundos al pie de su cama...

Victoria Branca

3 comentarios:

Fer dijo...

Y lo dicen las sociedades de poetas vivos con pluma en mano, pacífica pero contundentemente, así como lo hacés vos.

Esa película me marcó a fuego: soy quien soy en buena medida por esa historia y por el poeta a quien en ella se evoca, Walt Whitman.

¡Gracias por hacerme beber un poco de mi propia esencia hoy!

Un saludo.

Anabella dijo...

...para pensar y reflexionar!! me llego mucho este post, a travès de los ojitos de Giulia estoy viendo el mundo desde otro lugar....ridimensionando tantas cosas!
Asis es uno de mis lugares preferidos, hize un retiro reviviendo en cada lugar momentos de reflexion profunda y fuè un antes y un despuès en mi vida!
un abrazo grande desde Roma
Anabella
Little Things

Gloria dijo...

Victoria, poetas maravillosos....me encantó y valoro tu elogio del instante y tu homenaje al canillita. Me sentí identificada con tu imagen de las mañanas y sentir "el pulso del mundo". Besos, Gloria.

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