martes, 1 de marzo de 2011

Silvia
















La portera del edificio donde viví en Paris se llamaba Silvia. Con acento en la a. Era petisa y gorda. Hablaba en francés pero ella no era francesa, era de Portugal. Y arrastraba las eses y las ces como si fueran zetas, pero no eran zetas, sonaban, más bien, como el zumbido molesto y persistente de las abejas. Pero Silvia no era dulce, sólo gorda.
Yo estaba recién mudada y tenía una beba de seis meses y como Silvia, además de sus hijos grandes tenía una hija apenas más grande que la mía, se me acercaba a hablar cada vez que me veía entrar al edificio.
Silvia barría la vereda y recibía la correspondencia. Fumaba mucho. Lo sé porque además de verla en vivo, apoyada sobre la baranda de hierro del balcón de la portería que daba a la calle en la planta baja, podía oler el humo del cigarrillo en los sobres que llegaban a mi puerta. Eran cartas que venían desde Buenos aires.
Silvia le planchaba la ropa a Madamme Asté, que vivía en el segundo piso. Era viuda y durante muchos años había sido profesora de literatura. Y yo la adopté, a Madamme Asté, como a una abuela. Y la invité a pasar la navidad con nosotros.
Y a tomar el té. Y a conversar de libros y de la vida. Y ella me invitó al teatro, a ver una obra de Molière. Y a tomar un aperitivo en el lobby de un hotel cerca del Parc Monceau.
Y un día me regaló un libro que ahora está en la biblioteca de mi comedor. Es de Victor Hugo. Y no dejo que nadie lo saque de ahí.
No creo que Silvia leyera libros. Al menos no de esos que estaban en los estantes de Madamme Asté. Y si lo hacía, intuyo que olerían feo, como los cigarrillos.
El año pasado fui a visitar a Madamme Asté. Ya no se arregla como antes, anda casi todo el día en una robe de chambre y sale de su casa sólo para ir al médico. Por momentos pierde la noción del tiempo y se pone a decir incoherencias, pero luego recupera la lucidez de siempre y me habla de política, y de arte, y me cuenta anécdotas de Salíes de Béarn en el pais vasco, donde ella se refugió con su familia durante la guerra.
"Elle n'est pas bien", me dijo con su particular acento, Silvia, la portera, que sigue custodiando el edificio con su cigarrillo como si el tiempo sólo hubiese pasado para los demás.

Victoria Branca

9 comentarios:

Gloria dijo...

Ayyyy Victoria!!Me encantó esta historia chiquita pero importante para los recuerdos del corazón, cuando hemos dejado otras de tantas atrás. Y me imaginé toda la escena...fantástico tus descripciones de las protagonistas! Besos, Gloria.

Caro dijo...

me gustó conocer tus cotidianeidad parisina. muchas gracias!

Caro dijo...

Me gustó leer sobre tu cotidianeidad parisina! Bravo, con acento en la o. besos

Carlos dijo...

Ficción, realidad??, gráfico relato que me permitió verte en cada acción que cuentas.

Te diría, inclusive, que pude oler el olor del cigarrillo, a tal punto que el mozo del bar, quería obligarme a abandonar el recinto. :)

(me prestás el libro?) :)

Un beso.

Belenpaz dijo...

ME ENCANTÓÓÓÓÓÓÓÓÓ

Victoria dijo...

Hola Carlos..
Qué bueno que llegaste hasta acá, pero el libro ni loca te lo presto..
Un beso!

Seras Bubulina dijo...

Muy buen relato!

Anónimo dijo...

gracias victoria por compartir esta hermosa historia... quiero mas!

Anónimo dijo...

nada mas lindo que recibir cartas!!!! ni los avances mas tecnologicos van a poder suplir esa sensacion EXTRAORDINARIA que sentia al abrir el correo y encontrarme con esa carta tan deseada. Me acuerdo como agarraba el sobre y lo tocaba para calcular su grosor y expectante y ansiosa lo abria. QUE LINDO!!!! A veces hasta lo olia para sentir el aroma de esa persona tan querida que me escribia. tinker bell

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